G. K. Chesterton

Otro sitio más de USPCEU – BLOGS

G. K. Chesterton - Otro sitio más de USPCEU – BLOGS

En el 50 aniversario de la muerte de C. S. Lewis

Tal día como hoy conmemoramos el 50 aniversario de la muerte de C. S. Lewis. Desafortunadamente, este motivo, que nos permite recordar con alegría la figura de este genio, nos viene ensombrecido por la tristísima noticia de la muerte, ayer, de Irene Vázquez, profesora de la Universidad Francisco de Vitoria y especialista en la figura y obra de C. S. Lewis.

Los que conocimos, aun brevemente, a Irene, hemos quedado verdaderamente desolados. Desde aquí, además de acordarnos de rezar por ella, por su familia, por su marido y sus cinco hijos, queremos recordarla y tener el consuelo de que se halle pronto en la Casa del Padre, donde, no tenemos duda, se halla también su querido y admirado Lewis.

            Publicamos, a continuación, un artículo de Michael Ward, publicado en Christianity today. 

Lewis y la renovación de la apologética

El camino de la fe comienza con relato e imaginación

En el crucero sur de la abadía londinense de Westminster –en la que durante mil años los reyes y reinas de Inglaterra han sido coronados– se halla una apretada colección de estatuas, placas y de losas grabadas. Geoffrey Chaucer, Alfred Lord Tennyson y Charles Dickens están enterrados allí; y allí se conmemora a muchos otros. El 22 de noviembre de 2013, cincuenta años después de su muerte, C. S. Lewis se unirá a ellos.

El Rincón de los Poetas puede parecer un extraño lugar para un escritor cuya poesía es subestimada (aunque sus dos primeras publicaciones fueran libros de poesía, y la poesía de Lewis sea mucho mejor de lo que algunos recuerdan o piensan). Pero no hace falta ser poeta para tener lugar en el Rincón de los Poetas. Músicos como George Friedrich Haendel y actores como Lawrence Olivier se juntan con Tennyson y Chaucer. El Rincón está dedicado a los poetas en el viejo y más profundo sentido de la palabra. Se trata de los “fabricantes” que juntan palabras (o notas musicales u obras dramáticas) con propósito artístico.

En este sentido antiguo, profundo, Lewis pertenece por derecho propio a este lugar. Porque quizá debamos considerar que el célebre novelista de Oxford, crítico literario y apologeta era, ante todo, un poeta. Lewis creía que el mismo conocimiento era, ante todo, poético, es decir, formado por la imaginación. Y su aproximación poética a la defensa de la fe cristiana sigue iluminando nuestro camino hoy. Por supuesto, todo el mundo reconoce el gran don de la imaginación que poseía Lewis. Se dice muchas veces que su punto fuerte residía en su habilidad para presentar el cristianismo tanto de modo racional como imaginativo.

La aproximación racional es la que encontraríamos en La abolición del hombre, Los milagros, y a un nivel más popular, en Mero cristianismo. En estas obras vemos la habilidad de Lewis para debatir: propone un caso, y mediante una serie de pasos lógicos a partir de unas premisas dadas, va alcanzando una serie de conclusiones, de un modo claro, ordenado y coherente.

 

En cuanto a la imaginación, seguiríamos, es la perspectiva adoptada en Cartas del diablo a su sobrino, El gran divorcio y a un nivel más accesible, El león, la bruja y el armario. Estas obras muestran su capacidad dramática: proponen una atractiva visión de la vida cristiana, y utiliza los personajes y la trama para narrar una historia cautivadora, llena de color, vibrante y dinámica.

Según estas premisas, las obras racionales y las imaginativas son diferentes y estancas.  Son dos modos separados de presentar la fe. Y tendría sentido que pensáramos así: desde la llamada “Ilustración” de los siglos XVII y XVIII, se nos ha enseñado a pensar a partir de esta dicotomía entre la razón y la imaginación. La gente razonable no necesita la imaginación. La gente imaginativa no necesita razones.

Sir Francis Bacon (1561-1626), padre del método científico, afirmaba que “lo que tiene que ver con el ornamento del discurso, los símiles, el tesoro de la elocuencia, y nimiedades así, deben ser descartadas”. El clérigo Thomas Sprat, en la Historia de la Sociedad Real de Londres para el progreso del conocimiento natural, pedía a sus lectores que “separaran el conocimiento de la naturaleza de los artificios de la retórica, los instrumentos del capricho y las deliciosas falsedades de las fábulas”.

 

Como muchas otras ideas confusas, hay algo de verdad adherida a estas afirmaciones. La retórica caprichosa puede ser utilizada para disfrazar o confundir. Puede convertirse  en una excusa para la frivolidad y el engaño.

Porque,  ¿son los símiles –metáforas y analogías- siempre y necesariamente malas? No podríamos encontrar un pensamiento más alejado de Lewis, puesto que Lewis no era ni por asomo, un pensador ilustrado.

“A la verdad, o a casi toda la verdad, salvo algunos fragmentos, se llega a través de la metáfora”, Lewis escribió en el ensayo “Bluspels and Flalansferes”. Los símiles, ver una cosa a partir de los términos de otra, encontrar significados aquí que corresponden con lo que queremos decir allí, son para Lewis la esencia del pensamiento con significado. “Para mí, la razón es el órgano natural de la verdad” escribió Lewis, “pero la imaginación es el órgano del significado. La imaginación no es la causa de la verdad, sino su condición”. En otras palabras, no aprehendemos el significado de una palabra hasta que tenemos una imagen clara con la que podamos conectarla.

For Lewis, this is what the imagination is about: not just the ability to dream up fanciful fables, but the ability to identify meaning, to know when we have come upon something truly meaningful.

Para Lewis, la imaginación trata de esto: no sólo la capacidad para inventarse fábulas ingeniosas, sino la capacidad para encontrar el significado, para saber cuándo hemos llegado a algo que de verdad significa algo.

 

Luces interminentes

Supongamos que llevo mi coche al taller para la revisión anual. Al final, cuando estoy a punto de irme, me acuerdo de que no he revisado una cosa. Bajo la ventanilla y le digo a voces al mecánico: ¿Funciona el intermitente trasero? Y me responde: “Ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no…”

 

La capacidad del mecánico para encontrar el significado está ciertamente limitada. No está ido, ya que entiende lo básico de los circuitos eléctricos. Sabe que si brilla la luz, la conexión funciona y que si la luz se apaga, la conexión se ha perdido. Pero le falta la capacidad para darse cuenta de que, en este caso, la luz parpadeante sirve para indicar “voy a girar”, no significa “conexión fallida”.

El mecánico puede ver la información a secas: luz encendida, luz apagada, luz encendida… Pero no puede discernir el verdadero significado del puro hecho. Lewis diría que el problema es un problema de imaginación del mecánico, lo que Lewis llamaba “el órgano de la imaginación”. El mecánico ve la luz, incluso entiende la electricidad, pero tiene el órgano del significado estropeado.

Lewis daría un paso más. Para él, el significado es la “condición antecedente de la verdad y la falsedad”. Dicho de otro modo, antes de que algo pueda ser verdadero o falso debe significar algo. Incluso una mentira significa algo, y una mentira entendida como una mentira puede ser muy instructiva. La razón, el órgano natural de la razón, es nuestra capacidad de distinguir significados verdaderos de significados falsos. Pero lo primero es el significado. Por eso, la imaginación opera antes que la razón. La razón depende de la imaginación que es la que le suministra contenidos con significado sobre los que puede razonar.

Volvamos al mecánico y al coche. No toda luz intermitente significa, de hecho, algo. En ocasiones, conexiones sueltas pueden producir luces que se encienden o apagan sin motivo aparente. Las describiríamos como sin sentido: las conexiones son arbitrarias, no tienen un significado.

Pero si las conexiones son regulares o siguen un patrón, probablemente concluiríamos que tienen un significado. ¿Qué tipo de significado tendrán? ¿Significarán algo verdadero, como que el conductor está a punto de girar? ¿O un significado falso, como si el conductor se hubiera olvidado de quitar la señal?

Para Lewis, la razón juzga entre significados, ayudándonos a diferenciar aquellos significados que son verdaderos de los que son falsos. Pero hasta que no tengamos significados, no tenemos nada sobre lo que razonar. Y según Lewis, el modo de llegar a los significados es la imaginación. La razón no puede operar sin ella.

La imaginación, sin embargo, puede operar sin la razón. Puede producir significados que son sencillamente “imaginarios”. Imágenes con significado fluyen continuamente en nuestros sueños, pero intentar investigarlas racionalmente no lleva a ningún sitio.

¿Qué nos dice todo esto sobre el legado de Lewis? Pues que cuando Lewis asumió el papel de apologeta, no tuvo que escoger entre una presentación racional del cristianismo y otra imaginativa. Tanto en Los milagros como en Perelandra tenemos significados captados a través de la imaginación, pero de diferentes tipos y con diferentes fines.

La imaginación no es sólo para Lewis tan necesaria como la razón, sino que, de algún modo, es más importante que la razón, porque se sitúa primero. La razón depende de la imaginación de una manera de la que la imaginación no depende de la razón. Y ciertamente, en el camino del propio Lewis hacia la fe, la imaginación llegó primero.

 

Descubriendo el “mito verdadero”

La conversión de Lewis fue provocada (humanamente hablando) por una larga conversación con J.R.R. Tolkien y Hugo Dyson. Hablaron del cristianismo, de las metáforas y de los mitos. En una carta a Arthur Greeves (fechada el 18 de octubre de 1931), Lewis recordaba la conversación. Queda claro que la cuestión del significado –es decir, de la imaginación- estaba en el centro de la misma.

En este punto, el problema de Lewis con el cristianismo era básicamente, de imaginación. “Lo que me ha estado reteniendo, no ha sido tanto una dificultad de creer como la dificultad de saber lo que la doctrina significaba”, le dijo a Greeves. Tolkien y Dyson le mostraron que las doctrinas cristianas no son la principal cuestión del cristianismo. Más bien, las doctrinas son la traducción de lo que Dios ha expresado en “un lenguaje más apropiado, a saber, la Encarnación, Crucifixión y Resurrección” de Cristo. El lenguaje principal del cristianismo es un lenguaje vivo, el lenguaje real, histórico, visible, tangible de una persona que nació de verdad, murió y volvió a vivir de un modo nuevo, inefable.

Cuando Lewis supo esto, comenzó a entender lo que significaba el cristianismo, porque estaba fascinado (lo había estado desde su infancia) por las historias de los dioses que morían y resurgían. Muchas viejas mitologías trataban de personajes cuyas muertes lograban o revelaban algo sobre la tierra: la nueva vida en las cosechas, por ejemplo, o el amanecer, o la llegada de la primavera. Lewis había encontrado siempre, en el núcleo de estas historias paganas “profundos y sugerente significados más allá de mi alcance, aunque yo no pudiera escribir en fría prosa lo que esto significaba.”

Por eso, Lewis pensaba que el cristianismo tenía que ser entendido en sus propios términos como una historia, antes de ser codificado en doctrinas. Y de esta manera, pasó de una perspectiva analítica de la fe a otra religiosa.

Análisis significa literalmente “separar”, mientras que religión significa algo así como volver a unir, religar, digamos. Las doctrinas surgen de la disección analítica; convierten el material histórico previo en categorías abstractas. Por eso, las doctrinas no son tan ricas en significación como el material histórico que reflejan.

 

Una apologética viva

Aquí es donde Lewis descolló. Comprendió que la historia que se cuenta en los Evangelios, más que el trabajo posterior que sobre esa historia se contiene en las epístolas, constituía la esencia del cristianismo. El cristianismo era un “mito verdadero” (mito aquí se refiere a una historia sobre las últimas realidades, no a una invención) mientras que los mitos paganos no eran sino mitos de los hombres. En el paganismo, Dios se expresaba de un modo genérico a través de las imágenes que los hombres creaban para dar un sentido al mundo. Pero la historia de Cristo es “el mito de Dios”. El mito de Dios es la historia de Dios que se revela a sí mismo a través de la verdadera e histórica vida de un hombre concreto, en un tiempo determinado, en un lugar determinado: Jesús de Nazaret, el Mesías, crucificado bajo Poncio Pilato a las afueras de Jerusalén, alrededor del año 33 d. C.

Los relatos paganos tenían significado pero no eran ciertos. La historia de Cristo tiene significado y además, es verdadera. El cristianismo es el mito verdadero, “el mito que se hace hecho”, como Lewis lo llamaría.

Dos semanas después de esta conversación con Tolkien y Dyson, Lewis se convenció de que el cristianismo era verdadero. Pero hay que hacer notar que antes de que aceptara la verdad del cristianismo, tuvo que superar un obstáculo imaginario. Su “órgano del significado” tenía que ser satisfecho. No podía otorgar el asentimiento racional al cristianismo si no había un contenido con significado sobre el que la más alta facultad de la razón pudiera asentir. La razón no puede operar sin la imaginación.

Y así, Lewis, que se llamaba a sí mismo “dinosaurio” en su lección inaugural en Cambridge, está, en muchas maneras, más cercano a nuestros contemporáneos que a los suyos. Nuestro reto en el mundo post-cristiano no es tanto el de mostrar que el cristianismo es verdadero como el de mostrar que tiene significado, que no son supercherías. Sólo si la gente percibe que la terminología cristiana tiene sentido y no es un lenguaje extraño podrá preocuparse después de si es verdad. Y lo que se necesita no son sólo definiciones de diccionario o breves ilustraciones, sino una historia envolvente en la que los aspectos de la vida cristiana puedan grabarse en la imaginación de las personas.

Lewis tuvo que vérselas con la cuestión de cuánto dedicar a los razonamientos y categorías abstractas que requiere la apologética y cuánto a re-enmarcar la apologética en una historia. Cuánto dedicar a re-presentar el acontecimiento narrativo de una persona que nace, crece, enseña, muere y vuelve a levantarse.

Como apologeta, Lewis comprendió que el debate, con las proposiciones diseñadas para demostrar y persuadir, es menos apropiado que una historia, con sus personajes, tramas y ambientes. En un debate, el apologeta debe adelgazar el lenguaje para comunicarse con sus oponentes, ya que, por definición, no poseen el abrazo imaginativo de aquello que el apologeta cree.

El apologeta tiene que trabajar en el atril de conferencias de la universidad o en el estrado del juzgado, mientras habla de algo que no sucede en ninguno de esos sitios. ¿Cómo el apologeta puede convertir la totalidad de la vida de fe –oración, comunidad, comunión, lectura de la Escritura, la caridad con los necesitados- en un razonamiento? Es como si Mozart tuviera que demostrar su musicalidad no componiendo una sinfonía, sino atado a una pizarra utilizando sólo números.

A esto se refería Lewis cuando hablaba de las “enormes desventajas bajo las que trabaja el apologeta cristiano”. La vida de la fe se comunica mejor en sus propios términos, es decir, en la vida: el lenguaje vivo de seres humanos reales, en lugares reales, en momentos determinados. La acción habla más claro que las palabras. Si la fe debe traducirse en palabras apologéticas, es mejor utilizar una historia, como en los Evangelios sinópticos, o palabras resonantes y connotativas, como los poderosos sustantivos del Evangelio de San Juan (Verbo, Luz, Camino, Agua, Gloria, Vid, Pan). Con estas palabras se expresa mejor la riqueza de significados de la fe que con meras argumentaciones abstractas.

Por esto Lewis no se limitaba a la apologética de las proposiciones, de la no ficción. Su intento más notable fue, por supuesto, Las Crónicas de Narnia. Estas historias han logrado quizá, más que ninguno de sus otros escritos, comunicar el núcleo de la fe. Chad Walsh, autor del primer estudio de Lewis, El Apostol de los escépticos, escribió: “En estos libros en los que la imaginación domina ampliamente, presenta la fe de un modo más elocuente y eficaz que aquellos libros de apologética propiamente dicha.”

 

La gran boda

La vida se parece más a una historia que a un razonamiento. Y así, si las cosas fueran iguales, una presentación del cristianismo en una historia siempre sería más efectiva que una razonada. Pero, por supuesto, las cosas no son siempre igual, y por tanto, la Iglesia necesita ambos métodos. Distintas personas tendrán distintas vocaciones, dependiendo del talento y del contexto. Pero incluso la apologética propositiva debería ser lo más concreta posible. La apologética narrativa, sin embargo, no es sólo imaginaria. Es imaginativa, en relación siempre con la razón, el “órgano de la razón”.

Tanto la apologética propositiva como la poética apuntan más allá de sí mismas a la historia de Dios encarnado. Es una historia, como decía Chesterton en El hombre eterno, que satisface “la búsqueda mitológica del romance siendo una historia y [satisface] la búsqueda filosófica de la verdad siendo una historia verdadera”.

En Cristo se encuentran la poesía y la filosofía. El significado y la verdad se han besado. C. S. Lewis comprendió, como pocos en el siglo pasado, hasta qué punto la fe es tanto racional como imaginativa. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Michael Ward is senior research fellow at Blackfriars Hall, University of Oxford, and professor of apologetics at Houston Baptist University. Part of this article is derived from his contribution to Imaginative Apologetics (Baker Academic).

Traducción: Pablo Gutiérrez Carreras

El artículo original puede consultarse en: http://www.christianitytoday.com/ct/2013/november/cs-lewis-better-apologetics.html

“Graham Greene en la undécima hora”. 21 de noviembre, a las 18:30 horas

El próximo jueves 21 de noviembre a las 18:30 horas tendremos la segunda sesión del Club Chesterton de este curso 2013-2014. Será, como es habitual, en la Sala de Juntas de la Facultad de Humanidades y CC. de la Comunicación (Pº Juan XXIII, 6).

Esta vez vamos a abordar la figura de otro gran escritor inglés; la sesión se titulará: “Graham Greene en la undécima hora“, en la que se abordarán las dudas y problemas de fe en los últimos años de su vida. Para ello contaremos con la presencia de Carlos Villar Flor, escritor, traductor y profesor de la Universidad de la Rioja.

Carlos Villar es, además de gran conocedor de Greene, el traductor de muchas obras de Evelyn Waugh al español. Podéis verlo en su blog:

http://cvillarflor.blogspot.com.es/

https://www.facebook.com/carlos.villarflor

http://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Villar_Flor

 

Follow

Get every new post on this blog delivered to your Inbox.

Join other followers: