G. K. Chesterton

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El hombre corriente (Espuela de Plata, 2013)

El hombre corriente

Llevo meses esperando sentarme a escribir la recensión de este ya-no-nuevo libro. Podría salir del paso volviendo a los tópicos que los devotos de Chesterton repetimos una y otra vez: que si el genial escritor inglés, que si el brillo de sus paradojas, o aquello del inconformista; lo otro sobre el polémico discutidor, el simpático, ¡oh! su originalidad, ¡mira!, su alegría…

El expediente quedaría así perfectamente cumplido y la recensión de este libro me serviría, sin ningún problema, para cualquier otra, cambiando sólo el título. Sería como las etiquetas de los vinos, en las que se describe el “olor a bosque umbrío” y cosas por el estilo. Primero se piensan, y luego se pegan en las botellas, dando igual que se peguen a un Rioja, a un Ribera o a un toro.

El mismo riesgo corremos los chestertonianos.

Pero no es el momento de seguir dando coba; si así fuera este post hubiera salido antes. “El hombre corriente” no es un libro para el hombre corriente. Es demasiado. No está dirigido al hombre corriente, quiero decir; primero, porque eran artículos para el público inglés. Y por eso, a los que conocemos poco y mal la historia y la literatura inglesa, muchos de los artículos se nos vienen grandes o nos resbalan, directamente. Lo cual, por supuesto, no es un defecto de Chesterton, ni de su editor en España (Abelardo Linares, que además de editor, ha realizado la traducción; de nuevo la editorial Renacimiento nos merece la más calurosa felicitación).

Muchos de los artículos de este volumen se dedican, precisamente a la literatura. Es muy destacable la falta de método analítico de Chesterton; pasa ampliamente de aplicar metodologías de estudio, ni de términos “meta”, “sub” u otros. Comete la osadía de leer prácticamente todo y recordar insultantemente casi todo lo que ha leído; es un captador de atmósferas o de “estados de ánimo”. A través de sus juicios rápidos, poco matizados, de generalizaciones increíbles, traza en apenas tres frases el desarrollo de dos siglos de literatura, combinando autores, obras, con sus filosofías subyacentes, sus influencias, malos humores, caracteres reaccionarios o revolucionarios…

Sólo puedo decir que estos artículos literarios me “escuecen”, son demasiado chungos. ¿Es mayor la influencia de la historia de la Revolución francesa de Carlyle que la de Michelet en la novela Las dos ciudades, de Dickens? Espera, hombre-corriente, que huyo contigo; déjame que, al menos, huya para volver, con los deberes hechos, si me da tiempo… Y es que con estos mimbres escribe sus artículos, despachando en breves frases influencias y valoraciones de grandes obras que suman miles de páginas.

En sus estudios de literatura se mezcla esta con la historia de las ideas y quién sabe si no hay hasta esbozos de una filosofía de la historia en los apretados párrafos en que se habla de la evolución o transformación del optimismo racionalista del XVIII en el oscurantismo romántico de la “raza”, o de las improntas que las religiones reformadas han impreso en los países que las adoptaron. En cualquier caso, son las reflexiones de un gigante, alguien que veía más que el resto, qué duda cabe.

Otro grupo de artículos gira en torno a la educación: alguno aborda incluso la palpitante y actual cuestión de la enseñanza “diferenciada”; la primacía de la educación sobre la mera instrucción y sobre todo una profunda desconfianza en la escuela en beneficio de la familia. ¡Oh, qué antiguo nuestro querido Chesterton!

De otra cosa podemos estar seguros al leer este libro. Enrique García Máiquez afirmaba, en una conferencia en el Club Chesterton, que todo Chesterton se halla, en semillas, en su primera obra poética publicada. Aquí comprobamos otro tanto. Numerosas, cientos de ideas vuelven a salir, siéndonos ya conocidas. Destacaré aquí solo algunos esbozos: como aquella de que la búsqueda del mal por sí mismo no es fruto de la ignorancia, sino que a veces se encuentra, precisamente, en los más civilizados; así lo dice en El hombre eterno y aquí, de otro modo y al hilo de otro asunto aparece en “Los Peligros de la Nigromancia”. Concluiré con otra de sus muchas ideas que aquí retoma a partir de un poema de Yeats (que por supuesto cita de memoria): su conocido amor por la tradición frente a la moda y lo pasajero. Según Yeats, la inocencia nace sólo del rito y de la costumbre, y eso, para Chesterton significa que este poeta pensaba por sí mismo, a diferencia del “hombre moderno [que] no conoce su propia filosofía, sino su propia fraseología”.

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