G. K. Chesterton

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Presentación del libro sobre Lewis, ayer, en la Librería del CSIC-UNE

Ayer por la tarde, presentamos el libro De leones y hombres. Estudios sobre C.S. Lewis en la librería del CSIC-UNE en la calle Duque de Medinaceli de Madrid. Esa librería es una verdadera maravilla, por el diseño y por los títulos que allí se exponen.

En la web de la Unión de Editoriales Universitarias Españolas aparece hoy la entrevista que nos hicieron:

http://www.une.es/Ent/Events/EventDetail.aspx?ID=1016

 

Lepanto, el poema épico de Chesterton, con Luis Alberto de Cuenca

Ayer inaugurcuencaamos el Club Chesterton, con la anunciada sesión de recitado y comentario del poema Lepanto.

Con la concisión habitual en él, Luis Alberto de Cuenca fue desgranando la historia y épica inserta en sus versos. Para él, no dejará de ser curioso que el poema épico más grande sobre la batalla de Lepanto fuera el compuesto por un católico inglés, Chesterton, en 1911. “Lepanto” fue además, el poema cumbre de Chesterton y podría estar, por derecho propio, entre los poemas más bellos de la épica universal.

Siguió afirmando que, sin embargo, no ha sido el único gran poema sobre la trascendental batalla. Fernando de Herrera, que vivió en el tiempo de los hechos, también dedicó un poema épico a la gesta, incluido en varias versiones de las 100 mejores poesías castellanas. La gran diferencia entre ambos poetas será quizá el diferente acento que los autores ponen en cuanto al protagonista de la victoria. Mientras Herrera buscará en Dios al artífice de la victoria, Chesterton coronará de laureles a Don Juan de Austria y a San Pío V, a quienes admira entre una panoplia de gobernantes europeos, divididos, cismáticos, fríos y despreocupados ante la tragedia que amenazaba a la entera Cristiandad.

Luis Alberto de Cuenca comenzó hablando de las diversas traducciones al castellano del poema: Borges, Santiago Magariños, Luys Santa Marina y la suya, la del propio Luis Alberto de Cuenca con Julio Martínez Mesanza.

Leyendo el poema y glosándolo durante algo más de media hora, Luis Alberto de Cuenca nos introdujo en las concepciones poéticas e ideológicas de Chesterton. Del lado turco, el inglés configura un Oriente lleno de deidades  impersonales, frías, negadoras de la libertad, fatalistas, crueles; del lado cristiano, la defensa del libre albedrío, pero constatando, a la vez, la existencia de un Occidente dividido, confuso, desangrado por matanzas y guerras de religión entre católicos y protestantes.

La conclusión del poema es un rendido homenaje a Cervantes, testigo y protagonista de aquella gloriosa jornada, y el más universal de los literatos españoles.

C.S. Lewis y la Iglesia Católica

Ediciones Palabra acaba de publicar C.S. Lewis y la Iglesia Católica,  de Joseph Pearce, traducido ahora por primera vez al español. Antes de entrar en el contenido del libro, vamos a apuntar que la cuestión central que plantea Pearce en este libro demuestra, indirectamente, la importancia que sigue teniendo el argumento de autoridad en el mundo de hoy; y eso, a pesar de que la filosofía ha creído abolir la fuerza de tal argumento. No ha sido abolido y sigue siendo muy importante, eso sí, por caminos insospechados. El filósofo Adorno decía con mucha razón, a mediados del siglo XX, que la ciencia se había convertido en un ámbito de heteronomía; es decir, va un tipo y nos dice: “Esto es así, es científico y te lo tienes que creer”. ¿Cuántas veces hemos oído decir “un estudio científico demuestra o concluye…” cualquier cosa? Al final, uno tiene que fiarse de que alguien, al parecer, muy listo, muy sabio, muy inteligente, ha llegado a esa conclusión, y que hay que creerlo, sin posibilidad práctica de verificación personal.

Bien, no es que Lewis escribiera apoyándose en el argumento de autoridad, en absoluto; lo que digo es que él forma parte de los citados como autoridad. De ahí que pueda ser interesante saber qué creyó Lewis. De ahí la razón de este libro. Pearce aborda en él un tema que sale a colación con facilidad cuando se habla de Lewis. Sale a colación su conversión al cristianismo, tras una etapa de ateísmo juvenil, y sale la cuestión de si llegó a hacerse católico o no y cuáles fueron las causas que le impidieron llegar a serlo.

Pearce se moja, no es un mero espectador. Es un compañero que ha recorrido el camino de Lewis. Lo ha recorrido décadas después de Lewis, y en gran parte, gracias a él; pero Pearce dio el paso definitivo y se atreve a “juzgar” a Lewis. Sí, se atreve, pero no a juzgar la moralidad de sus actos, sino la coherencia de su pensamiento, ojo, no de sus acciones. Al principio, se afirma claramente que la razón de su no conversión al catolicismo es que no lo hizo porque no quiso, punto. Para Pearce, en Lewis pesó demasiado su origen puritano de su Belfast natal y, una de sus tesis es que no fue consecuente con las doctrinas católicas que sí  asumió; asumió, de un modo u otro, las doctrinas de la sacramentalidad del bautismo y de la Eucaristía, la existencia del purgatorio, la posibilidad de rezar por las almas que están en él; entendió los motivos teológicos que subyacen a la imposibilidad del sacerdocio femenino, acertó al plantear el desastre que sería para la Iglesia anglicana aceptarlo; esto, en cuanto a las doctrinas católicas que asumió.

Pero en sus escritos rehuyó el tema de la autoridad en la Iglesia y no pudo superar su prejuicio contra la devoción a los santos. Mostró una irreductible voluntad de construir un pensamiento que pudiese acercar al de fuera, al no creyente a la fe en Jesucristo, sin abordar los temas en que había separación teológica. De ahí su obra central, Mero cristianismo resultase al final insuficiente y buscaría luego llegar a un “mayor cristianismo”. Pearce recoge una última valoración sobre cómo la Iglesia anglicana parece haber abandonado el “mero cristianismo” de Lewis y de algún modo, ha rechazado al propio Lewis, siempre crítico con el modernismo teológico que reduce a Jesús a una figura humana, completamente apartado de la enseñanza cristológica de los Padres de la Iglesia.

También se muestra Pearce crítico con Lewis (de nuevo, a pesar de ser Lewis una de las piedras de su conversión) en su consideración a otros poetas como Roy Campbell y T.S. Elliot; donde brilla especialmente Pearce es en su trabajo de génesis de las ideas de Lewis, citando muy detalladamente, las fechas, conversaciones, personajes que han ido jalonando su evolución religiosa y doctrinal. Una verdadera maravilla tener tan detallado un itinerario espiritual. Aspectos apuntados por Pearce cuando escribió este libro, cobran mucha más luz a través de posteriores estudios. Especialmente interesante ha sido encontrar numerosas referencias de Lewis en las que detalla su pasión por Dante y sobre el papel de los planetas en la concepción medieval del mundo. Recientemente, hemos tenido el placer de publicar en un libro de CEU Ediciones (De leones y de hombres. Estudios sobre C.S. Lewis) un capítulo de Michael Ward sobre como los planetas que según la concepción ptolemaica giraban alrededor de la tierra configuraban la mentalidad del hombre medieval, y ese fascinante mundo es el que vertebra o dota de unidad los siete relatos de Narnia. Desafortunadamente, salvo nuestro capítulo, el libro de Ward, Planet Narnia, sigue sin estar traducido al español.

Como siempre, la lectura de Pearce no defrauda, pues es de los autores que ha logrado combinar profundidad teológica, filosófica y literaria sin llegar al carácter de escrito técnico, propio de especialista, de iniciado, y por tanto de mínima difusión. Al contrario, se halla Pearce en ese campo que los profesores universitarios anglosajones dominan, el de divulgación, en el mejor sentido de la palabra, sin atisbo de vulgarización y con un gran respeto por la inteligencia de sus lectores.

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