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C.S. Lewis y la Iglesia Católica

Ediciones Palabra acaba de publicar C.S. Lewis y la Iglesia Católica,  de Joseph Pearce, traducido ahora por primera vez al español. Antes de entrar en el contenido del libro, vamos a apuntar que la cuestión central que plantea Pearce en este libro demuestra, indirectamente, la importancia que sigue teniendo el argumento de autoridad en el mundo de hoy; y eso, a pesar de que la filosofía ha creído abolir la fuerza de tal argumento. No ha sido abolido y sigue siendo muy importante, eso sí, por caminos insospechados. El filósofo Adorno decía con mucha razón, a mediados del siglo XX, que la ciencia se había convertido en un ámbito de heteronomía; es decir, va un tipo y nos dice: “Esto es así, es científico y te lo tienes que creer”. ¿Cuántas veces hemos oído decir “un estudio científico demuestra o concluye…” cualquier cosa? Al final, uno tiene que fiarse de que alguien, al parecer, muy listo, muy sabio, muy inteligente, ha llegado a esa conclusión, y que hay que creerlo, sin posibilidad práctica de verificación personal.

Bien, no es que Lewis escribiera apoyándose en el argumento de autoridad, en absoluto; lo que digo es que él forma parte de los citados como autoridad. De ahí que pueda ser interesante saber qué creyó Lewis. De ahí la razón de este libro. Pearce aborda en él un tema que sale a colación con facilidad cuando se habla de Lewis. Sale a colación su conversión al cristianismo, tras una etapa de ateísmo juvenil, y sale la cuestión de si llegó a hacerse católico o no y cuáles fueron las causas que le impidieron llegar a serlo.

Pearce se moja, no es un mero espectador. Es un compañero que ha recorrido el camino de Lewis. Lo ha recorrido décadas después de Lewis, y en gran parte, gracias a él; pero Pearce dio el paso definitivo y se atreve a “juzgar” a Lewis. Sí, se atreve, pero no a juzgar la moralidad de sus actos, sino la coherencia de su pensamiento, ojo, no de sus acciones. Al principio, se afirma claramente que la razón de su no conversión al catolicismo es que no lo hizo porque no quiso, punto. Para Pearce, en Lewis pesó demasiado su origen puritano de su Belfast natal y, una de sus tesis es que no fue consecuente con las doctrinas católicas que sí  asumió; asumió, de un modo u otro, las doctrinas de la sacramentalidad del bautismo y de la Eucaristía, la existencia del purgatorio, la posibilidad de rezar por las almas que están en él; entendió los motivos teológicos que subyacen a la imposibilidad del sacerdocio femenino, acertó al plantear el desastre que sería para la Iglesia anglicana aceptarlo; esto, en cuanto a las doctrinas católicas que asumió.

Pero en sus escritos rehuyó el tema de la autoridad en la Iglesia y no pudo superar su prejuicio contra la devoción a los santos. Mostró una irreductible voluntad de construir un pensamiento que pudiese acercar al de fuera, al no creyente a la fe en Jesucristo, sin abordar los temas en que había separación teológica. De ahí su obra central, Mero cristianismo resultase al final insuficiente y buscaría luego llegar a un “mayor cristianismo”. Pearce recoge una última valoración sobre cómo la Iglesia anglicana parece haber abandonado el “mero cristianismo” de Lewis y de algún modo, ha rechazado al propio Lewis, siempre crítico con el modernismo teológico que reduce a Jesús a una figura humana, completamente apartado de la enseñanza cristológica de los Padres de la Iglesia.

También se muestra Pearce crítico con Lewis (de nuevo, a pesar de ser Lewis una de las piedras de su conversión) en su consideración a otros poetas como Roy Campbell y T.S. Elliot; donde brilla especialmente Pearce es en su trabajo de génesis de las ideas de Lewis, citando muy detalladamente, las fechas, conversaciones, personajes que han ido jalonando su evolución religiosa y doctrinal. Una verdadera maravilla tener tan detallado un itinerario espiritual. Aspectos apuntados por Pearce cuando escribió este libro, cobran mucha más luz a través de posteriores estudios. Especialmente interesante ha sido encontrar numerosas referencias de Lewis en las que detalla su pasión por Dante y sobre el papel de los planetas en la concepción medieval del mundo. Recientemente, hemos tenido el placer de publicar en un libro de CEU Ediciones (De leones y de hombres. Estudios sobre C.S. Lewis) un capítulo de Michael Ward sobre como los planetas que según la concepción ptolemaica giraban alrededor de la tierra configuraban la mentalidad del hombre medieval, y ese fascinante mundo es el que vertebra o dota de unidad los siete relatos de Narnia. Desafortunadamente, salvo nuestro capítulo, el libro de Ward, Planet Narnia, sigue sin estar traducido al español.

Como siempre, la lectura de Pearce no defrauda, pues es de los autores que ha logrado combinar profundidad teológica, filosófica y literaria sin llegar al carácter de escrito técnico, propio de especialista, de iniciado, y por tanto de mínima difusión. Al contrario, se halla Pearce en ese campo que los profesores universitarios anglosajones dominan, el de divulgación, en el mejor sentido de la palabra, sin atisbo de vulgarización y con un gran respeto por la inteligencia de sus lectores.

Categoría: Libros

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