G. K. Chesterton

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25 de marzo, día muy chestertoniano

Hoy, 25 de marzo, es el día de la Anunciación y Encarnación. El calado o trasfondo de la fiesta es cada vez más relevante para el pensamiento católico que ha desarrollado, durante todo el siglo XX una amplísima reflexión sobre el cuerpo como lugar teológico y sobre el mundo como realidad sacramental. Juan Pablo II, en sus catequesis sobre el amor humano, muchos de los escritos de Hans Urs Von Balthasar, y en España, teólogos como Juan José Pérez Soba, Juan de Dios Larrú o José Granados han seguido explicando la trascendental importancia de que Dios entrara en la “carne”, de que Jesús tuviera cuerpo, de que pudiera ser tocado; de que Jesucristo entregara su Cuerpo en la cruz y su Cuerpo permaneciera en la Eucaristía, dando vida al Cuerpo visible de la Iglesia. El documento  de los obispo “La verdad del amor humano” contiene una magnífica síntesis de este desarrollo teológico, así como un análisis de nuestra sociedad y una propuesta pastoral.

La Encarnación es un misterio que ayuda a comprender la realidad; a Chesterton no se le escaparía nunca que la realidad nos oculta algo; se reía de los materialistas que creían hallar un orden inmutable, necesario, en la naturaleza creada. Su refutación del materialismo (y del modernismo teológico) en el capítulo IV de Ortodoxia sigue siendo insuperable. Siempre admiraría el misterio insondable que brota en cada flor, cuyos secretos nos oculta.

Pero es que este, el misterio o el secreto oculto en la realidad de las cosas visibles, es el concepto fundamental de las doctrinas sobre el cuerpo, y en general sobre la sacramentalidad que durante el siglo XX han conocido un maravilloso desarrollo. La sacramentalidad supone algo más que recordar los siete sacramentos. Supone admitir que la entera realidad posee un lenguaje, una estructura que remite más allá de sí misma. Que nos habla de un fundamento que el hombre no se da a sí mismo. Pero habla a través de la materia, de la creación, del cuerpo.

El joven teólogo Jospeh Ratzinger escribía que (además de los 7 sacramentos) hay otros sacramentos originarios, que son las rendijas por las que la eternidad se cuela en el mundo, en la historia, en nuestra vida: estas rendijas son: el nacimiento, la muerte, el sexo y la comida. Sí, la comida; y Chesterton llegaba al mismo punto, pero por caminos distintos, en uno de sus  ensayos de La Utopía del capitalismo y otros ensayos. El lugar “restaurante”, el lugar de la comida, es mucho más, es el lugar donde se “restaura” algo… ¿el qué? -preguntamos. Pues para Chesterton, se restaura nada más y nada menos que la imagen de Dios en el hombre. ¿A través de la comida? Pues sí, lo mismo que años después, con otras palabras, diría Ratzinger.

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