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Biografía de Hilaire Belloc (de Joseph Pearce), en Ediciones Palabra

bellocBuena noticia editorial. Dentro de escasos días, llegará a las librerías la biografía de Hilaire Belloc escrita por Joseph Pearce, y que publica en España la editorial Palabra.

Hilaire Belloc es otra figura importante de las letras inglesas. Sir John Squire, poeta e historiador (+1958) diría: “cualquiera que trate de estudiar los escritos de Belloc creerá que se ha metido a escribir la historia literaria de una pequeña nación”.

Nacido de padre francés y madre inglesa, prestó su servicio militar en la artillería del Ejército francés, que conoció en profundidad y admiraría toda su vida. El carácter francés, para Belloc, tendría la impronta de las virtudes militares, con un gran talento para la auto organización, disposición a los sacrificios, camaradería y esprit de corps, que bien modelaría y serviría de gloria a Napoléon. Su visión de la historia no dejaría jamás de lado la importancia de las grandes acciones militares, pues en ellas la historia daba giros e imprimía el carácter de las décadas siguientes. Pero ya en sus años jóvenes, y a pesar de su estima del carácter francés, era un inglés hijo de francés, y no un francés hijo de una inglesa. En el servicio militar, sus compañeros ya le llamaban el “Englishman”. Sus historias de la Revolución Francesa dan una importancia tan destacada a los hechos de armas (los que en definitiva salvaron a la Revolución de la invasión austriaca en 1793) que choca a la mentalidad de hoy.

Libros hay, de divulgación juvenil, escritos por eminentes profesores franceses que dedican casi el mismo espacio a la ideología de las luces que al precio del pan, al malestar de los ebanistas y carpinteros del barrio de San Antonio, etc…, mientras que los hechos militares ni se citan. Sin embargo, sin Wattignies, la decisiva batalla en la que los reclutas de Carnot, tras treinta horas casi sin dormir sorprendieron al ejército austriaco, mientras la reina era condenada a la guillotina, hoy las cosas habrían transcurrido de otro modo, sin importarnos si el pan costaba tres o veintitrés cuartos en marzo de 1789.

Hay otra característica sorprendente de su producción histórica. El papel de los grandes personajes. Hoy una eminente profesora, Margaret Macmillan, en su aclamada obra “1914: de la paz a la guerra” considera que ese cóctel explosivo que condujo a la Gran Guerra no puede explicarse sin las personalidades de un Zar ruso fácilmente manipulable, o de un temperamental y demasiado seguro de sí mismo Jefe del Ejército Austrohúngaro, el conde Franz Conrad von Hötzendorf. Consideraciones similares, lejos del positivismo estrecho o del materialismo ramplón que ha dominado la historiografía europea durante décadas, ocupaban a Belloc cuando trataba de explicar la Revolución Francesa: las personalidades de Luis XVI, de María Antonieta, de Mirabeau,… son esenciales para entender el proceso revolucionario. Pero el papel de las grandes personalidades no le dificultaba, a su vez, explicar los grandes procesos, las grandes tendencias que fueron configurando la civilización europea: Roma y la germanidad, cuyo insuficiente romanismo la preparó para la Reforma, que partió en dos la Cristiandad y en cuyos destinos personalidades posteriores como Richelieu marcarían el devenir de Europa definitivamente. Era Belloc un historiador de afirmaciones fuertes, de grandes procesos, rastreador de esas placas tectónicas históricas cuyos choques y fracturas generan los seísmos que marcan el rumbo de los siglos sin anular el concurso ni de la voluntad humana ni de la suerte, el hado o el misterio.

Su producción fue abundantísima, especialmente en el campo de la historia, a la que dedicó gran parte de su docencia. Y se empeñó, junto a su gran amigo Chesterton, en una quijotesca empresa periodística desde la que defendieron la doctrina económica del distributismo. Doctrina contra corriente que se desarrolló mientras en Europa se sembraban las semillas de los diversos totalitarismos (fascismos y comunismo) negadores de la persona humana. El distributismo partía de la creencia en el hombre común, en la familia, en la comunidad local, en el mercado de pequeñas dimensiones, en la economía al servicio del hombre. Belloc fue un crítico feroz del estado como estructura de dominación, pero junto a Chesterton fue un luchador incansable también contra el capitalismo. En su visión histórica, el ascenso al gobierno de Inglaterra de las diversas aristocracias (nobles, primero, comerciantes, industriales y financieros después) en detrimento de la monarquía constituiría una auténtica lacra.

Con poco más de veinte años. cruzó el Atlántico y la práctica totalidad de los USA para visitar a la joven que acabaría siendo su esposa, venciendo no solo la distancia, sino también los reparos de la familia de ella y el asedio de una sacerdote que la hostigaba con innumerables escrúpulos para que se metiera en un convento. Otro sacerdote, jesuita este, logró liberarla de esa carga impuesta y por eso diría Belloc, refiriéndose al desenlace feliz, que el jesuitismo acabó venciendo al jansenismo.

Periodista, poeta, novelista, marino, miembro del Parlamento, su vida fue apasionante, como lo era su carácter, vital, bronco y dado a la polémica.

En España se han publicado, en los últimos quince años varios de sus libros: María Antonieta, Europa y la fe, Camino a Roma, El estado servil (Ciudadela), La prensa libre (Editorial Nuevo Inicio) y en Argentina Las cruzadas, Historia de Inglaterra, Napoléon (C.S. Ediciones), y esperemos que pronto podamos ver reeditadas sus extraordinarias biografías que fueron traducidas al español en los años 30 y 40: Dantón, Robespierre, Richelieu (reeditada en 1996), Luis XIV, Cromwell, Carlos I de Inlgaterra

Enhorabuena a Palabra. Belloc lo merece.

 

 

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