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Stop and think, el resumen de La última sesión de Freud

ultima_sesion_freudAyer tuvo lugar un interesantísimo coloquio sobre “La última sesión de Freud”, con Ignacio García May (traductor de la obra, escrita por Mark St. Germain), Eleazar Ortiz (actor que interpretaba a C.S. Lewis) y Alfred Sonnenfeld (doctor en Medicina y Teología). Lo organizaba la revista Leer y el coloquio lo dirigió con mano maestra Maica Rivera.

Se remarcó, inicialmente, la idea a mi juicio más importante. No era un partido, no se trataba de ver quien ganaba. Por supuesto que cada espectador es libre de verlo así. El primer prescriptor que me recomendó la obra me dijo claramente que no era una obra para ver quien ganaba, sino una obra para disfrutar. Un diálogo inteligente, donde dos visiones, encarnadas en las personas de dos grandes del siglo XX, se enfrentaban, discutiendo sobre la existencia de Dios. ¿No es esto magnífico en sí mismo? Para Ignacio, el traductor, lejos de buscar quién se anota los tantos, el gran valor de la obra es que ayuda a pararse y pensar, y reflexionar; darse un tiempo para discutir. ¿Hay algo más importante? Esto ya es una propuesta muy necesaria y muy válida para nuestro tiempo. Me recordó, pues lo tengo muy reciente, a la lectura de Biografía del silencio, el breve libro de Pablo D’Ors, con quien pronto podremos disfrutar en el CEU.

Luego se recalcaron muchos de los aspectos clave de la obra: el discurso de Lewis sobre el valor de los mitos como vía de acceso a la realidad, el papel del dolor, la búsqueda del sentido, etc… Y en el coloquio se le dio su importancia a la situación de clara ventaja que Freud gozaba frente a Lewis. Pero precisamente aquí radica uno de los aciertos de la obra: la visión cristiana de la realidad, la creencia en un Dios creador es una visión que no puede darse por supuesta. Decía Juan Pablo II en la Ecclesia in Europa (n.7) que

“en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontada”.

Pues este es, claramente, el contexto de la obra. ¡Qué acierto el de Mark St. Germain de emplazar a estas dos visiones del modo en que lo ha hecho! La obra comienza con un Lewis joven, aún no es el autor de las célebres Crónicas de Narnia que le harían famoso, que visita a un Freud viejo, cuya impronta en el viejo continente ha sido y es decisiva. Lewis, el creyente, juega en campo contrario.

Y basta con echar una ojeada al libreto para ver que Lewis echa grandes parrafadas, mientras  a Freud le valen breves interpelaciones, casi eslóganes, pues el espectador está familiarizado con la perspectiva de Freud, que no requiere grandes argumentaciones. Es la posición de Lewis la que necesita explicaciones, justificación, la que busca una legitimidad, que Freud le va concediendo.

¿Empate a goles? ¿Victoria pírrica? Que cada uno vea y juzgue, pero sobre todo, yo invito a que se vaya al teatro a disfrutar.

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