G. K. Chesterton

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En recuerdo de Irene Vázquez, presentación de su libro

Hoy, 22 de noviembre, nos toca recordar irenea Irene Vázquez, profesora de la Universidad Francisco de Vitoria, entusiasta de C.S. Lewis, madre de familia numerosas y una persona maravillosa. Nos dejó hoy hace tres años, el 22 de noviembre de 2013.

Se encontraba realizando sus tesis doctoral sobre C.S. Lewis y hoy, ésta, que quedó inconclusa, ha podido ser completada por los profesores Salvador Antuñano y Álvaro Abellán, compañeros y amigos suyos que le rinden, así, un más que merecido homenaje.

Esta misma tarde, se presentará este trabajo, convertido ya en el libro “Inteligencia de la fe, inteligencia de la realidad en C.S. Lewis”, en la Universidad Francisco de Vitoria (la que fue su casa), a las 19:00 horas, en el Salón de Grados (Ctra. de Pozuelo a Majadahonda, km. 1,800. Pozuelo de Alarcón).

Stop and think, el resumen de La última sesión de Freud

ultima_sesion_freudAyer tuvo lugar un interesantísimo coloquio sobre “La última sesión de Freud”, con Ignacio García May (traductor de la obra, escrita por Mark St. Germain), Eleazar Ortiz (actor que interpretaba a C.S. Lewis) y Alfred Sonnenfeld (doctor en Medicina y Teología). Lo organizaba la revista Leer y el coloquio lo dirigió con mano maestra Maica Rivera.

Se remarcó, inicialmente, la idea a mi juicio más importante. No era un partido, no se trataba de ver quien ganaba. Por supuesto que cada espectador es libre de verlo así. El primer prescriptor que me recomendó la obra me dijo claramente que no era una obra para ver quien ganaba, sino una obra para disfrutar. Un diálogo inteligente, donde dos visiones, encarnadas en las personas de dos grandes del siglo XX, se enfrentaban, discutiendo sobre la existencia de Dios. ¿No es esto magnífico en sí mismo? Para Ignacio, el traductor, lejos de buscar quién se anota los tantos, el gran valor de la obra es que ayuda a pararse y pensar, y reflexionar; darse un tiempo para discutir. ¿Hay algo más importante? Esto ya es una propuesta muy necesaria y muy válida para nuestro tiempo. Me recordó, pues lo tengo muy reciente, a la lectura de Biografía del silencio, el breve libro de Pablo D’Ors, con quien pronto podremos disfrutar en el CEU.

Luego se recalcaron muchos de los aspectos clave de la obra: el discurso de Lewis sobre el valor de los mitos como vía de acceso a la realidad, el papel del dolor, la búsqueda del sentido, etc… Y en el coloquio se le dio su importancia a la situación de clara ventaja que Freud gozaba frente a Lewis. Pero precisamente aquí radica uno de los aciertos de la obra: la visión cristiana de la realidad, la creencia en un Dios creador es una visión que no puede darse por supuesta. Decía Juan Pablo II en la Ecclesia in Europa (n.7) que

“en muchos ambientes públicos es más fácil declararse agnóstico que creyente; se tiene la impresión de que lo obvio es no creer, mientras que creer requiere una legitimación social que no es indiscutible ni puede darse por descontada”.

Pues este es, claramente, el contexto de la obra. ¡Qué acierto el de Mark St. Germain de emplazar a estas dos visiones del modo en que lo ha hecho! La obra comienza con un Lewis joven, aún no es el autor de las célebres Crónicas de Narnia que le harían famoso, que visita a un Freud viejo, cuya impronta en el viejo continente ha sido y es decisiva. Lewis, el creyente, juega en campo contrario.

Y basta con echar una ojeada al libreto para ver que Lewis echa grandes parrafadas, mientras  a Freud le valen breves interpelaciones, casi eslóganes, pues el espectador está familiarizado con la perspectiva de Freud, que no requiere grandes argumentaciones. Es la posición de Lewis la que necesita explicaciones, justificación, la que busca una legitimidad, que Freud le va concediendo.

¿Empate a goles? ¿Victoria pírrica? Que cada uno vea y juzgue, pero sobre todo, yo invito a que se vaya al teatro a disfrutar.

C.S. Lewis y la Iglesia Católica

Ediciones Palabra acaba de publicar C.S. Lewis y la Iglesia Católica,  de Joseph Pearce, traducido ahora por primera vez al español. Antes de entrar en el contenido del libro, vamos a apuntar que la cuestión central que plantea Pearce en este libro demuestra, indirectamente, la importancia que sigue teniendo el argumento de autoridad en el mundo de hoy; y eso, a pesar de que la filosofía ha creído abolir la fuerza de tal argumento. No ha sido abolido y sigue siendo muy importante, eso sí, por caminos insospechados. El filósofo Adorno decía con mucha razón, a mediados del siglo XX, que la ciencia se había convertido en un ámbito de heteronomía; es decir, va un tipo y nos dice: “Esto es así, es científico y te lo tienes que creer”. ¿Cuántas veces hemos oído decir “un estudio científico demuestra o concluye…” cualquier cosa? Al final, uno tiene que fiarse de que alguien, al parecer, muy listo, muy sabio, muy inteligente, ha llegado a esa conclusión, y que hay que creerlo, sin posibilidad práctica de verificación personal.

Bien, no es que Lewis escribiera apoyándose en el argumento de autoridad, en absoluto; lo que digo es que él forma parte de los citados como autoridad. De ahí que pueda ser interesante saber qué creyó Lewis. De ahí la razón de este libro. Pearce aborda en él un tema que sale a colación con facilidad cuando se habla de Lewis. Sale a colación su conversión al cristianismo, tras una etapa de ateísmo juvenil, y sale la cuestión de si llegó a hacerse católico o no y cuáles fueron las causas que le impidieron llegar a serlo.

Pearce se moja, no es un mero espectador. Es un compañero que ha recorrido el camino de Lewis. Lo ha recorrido décadas después de Lewis, y en gran parte, gracias a él; pero Pearce dio el paso definitivo y se atreve a “juzgar” a Lewis. Sí, se atreve, pero no a juzgar la moralidad de sus actos, sino la coherencia de su pensamiento, ojo, no de sus acciones. Al principio, se afirma claramente que la razón de su no conversión al catolicismo es que no lo hizo porque no quiso, punto. Para Pearce, en Lewis pesó demasiado su origen puritano de su Belfast natal y, una de sus tesis es que no fue consecuente con las doctrinas católicas que sí  asumió; asumió, de un modo u otro, las doctrinas de la sacramentalidad del bautismo y de la Eucaristía, la existencia del purgatorio, la posibilidad de rezar por las almas que están en él; entendió los motivos teológicos que subyacen a la imposibilidad del sacerdocio femenino, acertó al plantear el desastre que sería para la Iglesia anglicana aceptarlo; esto, en cuanto a las doctrinas católicas que asumió.

Pero en sus escritos rehuyó el tema de la autoridad en la Iglesia y no pudo superar su prejuicio contra la devoción a los santos. Mostró una irreductible voluntad de construir un pensamiento que pudiese acercar al de fuera, al no creyente a la fe en Jesucristo, sin abordar los temas en que había separación teológica. De ahí su obra central, Mero cristianismo resultase al final insuficiente y buscaría luego llegar a un “mayor cristianismo”. Pearce recoge una última valoración sobre cómo la Iglesia anglicana parece haber abandonado el “mero cristianismo” de Lewis y de algún modo, ha rechazado al propio Lewis, siempre crítico con el modernismo teológico que reduce a Jesús a una figura humana, completamente apartado de la enseñanza cristológica de los Padres de la Iglesia.

También se muestra Pearce crítico con Lewis (de nuevo, a pesar de ser Lewis una de las piedras de su conversión) en su consideración a otros poetas como Roy Campbell y T.S. Elliot; donde brilla especialmente Pearce es en su trabajo de génesis de las ideas de Lewis, citando muy detalladamente, las fechas, conversaciones, personajes que han ido jalonando su evolución religiosa y doctrinal. Una verdadera maravilla tener tan detallado un itinerario espiritual. Aspectos apuntados por Pearce cuando escribió este libro, cobran mucha más luz a través de posteriores estudios. Especialmente interesante ha sido encontrar numerosas referencias de Lewis en las que detalla su pasión por Dante y sobre el papel de los planetas en la concepción medieval del mundo. Recientemente, hemos tenido el placer de publicar en un libro de CEU Ediciones (De leones y de hombres. Estudios sobre C.S. Lewis) un capítulo de Michael Ward sobre como los planetas que según la concepción ptolemaica giraban alrededor de la tierra configuraban la mentalidad del hombre medieval, y ese fascinante mundo es el que vertebra o dota de unidad los siete relatos de Narnia. Desafortunadamente, salvo nuestro capítulo, el libro de Ward, Planet Narnia, sigue sin estar traducido al español.

Como siempre, la lectura de Pearce no defrauda, pues es de los autores que ha logrado combinar profundidad teológica, filosófica y literaria sin llegar al carácter de escrito técnico, propio de especialista, de iniciado, y por tanto de mínima difusión. Al contrario, se halla Pearce en ese campo que los profesores universitarios anglosajones dominan, el de divulgación, en el mejor sentido de la palabra, sin atisbo de vulgarización y con un gran respeto por la inteligencia de sus lectores.

Entrevista a Michael Ward, autor de Planet Narnia, en la que habla de su conversion

Dejamos aquí el enlace a una interesantísima entrevista con Michael Ward, quizá el especialista en C. S. Lewis más importante del mundo (junto con Walter Hooper). Ward nos visitó durante el pasado mes de febrero, cuando impartió una conferencia en nuestro Congreso sobre Lewis y Tolkien.

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En esta entrevista habla de Narnia, Lewis, y de su conversión; eso sí, con la discreción y mesura que le caracteriza, lo cual es muy de agradecer.

http://brandonvogt.com/c-s-lewis-catholicism-narnian-code-interview-michael-ward/

Destaca que, sin entrar en detalles, su conversión al catolicismo no es una ruptura con su pasado (anglicano y evangélico) sino una plenitud. Los motivos de su conversión los expresa en siete puntos: Biblia, ética sexual, Pedro, María, Eucaristía, la historia, y la misa diaria (oración en comunidad).

La entrevista continúa con una breve exposición de la tesis de Ward sobre la motivación de Lewis al escribir las Crónicas de Narnia y como cada libro parece estar claramente inspirado en uno de los planetas que, según la cosmología medieval, giraban alrededor de la tierra, tenían su propia esfera celeste y dieron nombre a los días de la semana. La lectura de Narnia no es la misma desde que le escuchamos aquí en el CEU.

El libro en el que expone su tesis (Planet Narnia) aún no ha sido traducido al español.

En el 50 aniversario de la muerte de C. S. Lewis

Tal día como hoy conmemoramos el 50 aniversario de la muerte de C. S. Lewis. Desafortunadamente, este motivo, que nos permite recordar con alegría la figura de este genio, nos viene ensombrecido por la tristísima noticia de la muerte, ayer, de Irene Vázquez, profesora de la Universidad Francisco de Vitoria y especialista en la figura y obra de C. S. Lewis.

Los que conocimos, aun brevemente, a Irene, hemos quedado verdaderamente desolados. Desde aquí, además de acordarnos de rezar por ella, por su familia, por su marido y sus cinco hijos, queremos recordarla y tener el consuelo de que se halle pronto en la Casa del Padre, donde, no tenemos duda, se halla también su querido y admirado Lewis.

            Publicamos, a continuación, un artículo de Michael Ward, publicado en Christianity today. 

Lewis y la renovación de la apologética

El camino de la fe comienza con relato e imaginación

En el crucero sur de la abadía londinense de Westminster –en la que durante mil años los reyes y reinas de Inglaterra han sido coronados– se halla una apretada colección de estatuas, placas y de losas grabadas. Geoffrey Chaucer, Alfred Lord Tennyson y Charles Dickens están enterrados allí; y allí se conmemora a muchos otros. El 22 de noviembre de 2013, cincuenta años después de su muerte, C. S. Lewis se unirá a ellos.

El Rincón de los Poetas puede parecer un extraño lugar para un escritor cuya poesía es subestimada (aunque sus dos primeras publicaciones fueran libros de poesía, y la poesía de Lewis sea mucho mejor de lo que algunos recuerdan o piensan). Pero no hace falta ser poeta para tener lugar en el Rincón de los Poetas. Músicos como George Friedrich Haendel y actores como Lawrence Olivier se juntan con Tennyson y Chaucer. El Rincón está dedicado a los poetas en el viejo y más profundo sentido de la palabra. Se trata de los “fabricantes” que juntan palabras (o notas musicales u obras dramáticas) con propósito artístico.

En este sentido antiguo, profundo, Lewis pertenece por derecho propio a este lugar. Porque quizá debamos considerar que el célebre novelista de Oxford, crítico literario y apologeta era, ante todo, un poeta. Lewis creía que el mismo conocimiento era, ante todo, poético, es decir, formado por la imaginación. Y su aproximación poética a la defensa de la fe cristiana sigue iluminando nuestro camino hoy. Por supuesto, todo el mundo reconoce el gran don de la imaginación que poseía Lewis. Se dice muchas veces que su punto fuerte residía en su habilidad para presentar el cristianismo tanto de modo racional como imaginativo.

La aproximación racional es la que encontraríamos en La abolición del hombre, Los milagros, y a un nivel más popular, en Mero cristianismo. En estas obras vemos la habilidad de Lewis para debatir: propone un caso, y mediante una serie de pasos lógicos a partir de unas premisas dadas, va alcanzando una serie de conclusiones, de un modo claro, ordenado y coherente.

 

En cuanto a la imaginación, seguiríamos, es la perspectiva adoptada en Cartas del diablo a su sobrino, El gran divorcio y a un nivel más accesible, El león, la bruja y el armario. Estas obras muestran su capacidad dramática: proponen una atractiva visión de la vida cristiana, y utiliza los personajes y la trama para narrar una historia cautivadora, llena de color, vibrante y dinámica.

Según estas premisas, las obras racionales y las imaginativas son diferentes y estancas.  Son dos modos separados de presentar la fe. Y tendría sentido que pensáramos así: desde la llamada “Ilustración” de los siglos XVII y XVIII, se nos ha enseñado a pensar a partir de esta dicotomía entre la razón y la imaginación. La gente razonable no necesita la imaginación. La gente imaginativa no necesita razones.

Sir Francis Bacon (1561-1626), padre del método científico, afirmaba que “lo que tiene que ver con el ornamento del discurso, los símiles, el tesoro de la elocuencia, y nimiedades así, deben ser descartadas”. El clérigo Thomas Sprat, en la Historia de la Sociedad Real de Londres para el progreso del conocimiento natural, pedía a sus lectores que “separaran el conocimiento de la naturaleza de los artificios de la retórica, los instrumentos del capricho y las deliciosas falsedades de las fábulas”.

 

Como muchas otras ideas confusas, hay algo de verdad adherida a estas afirmaciones. La retórica caprichosa puede ser utilizada para disfrazar o confundir. Puede convertirse  en una excusa para la frivolidad y el engaño.

Porque,  ¿son los símiles –metáforas y analogías- siempre y necesariamente malas? No podríamos encontrar un pensamiento más alejado de Lewis, puesto que Lewis no era ni por asomo, un pensador ilustrado.

“A la verdad, o a casi toda la verdad, salvo algunos fragmentos, se llega a través de la metáfora”, Lewis escribió en el ensayo “Bluspels and Flalansferes”. Los símiles, ver una cosa a partir de los términos de otra, encontrar significados aquí que corresponden con lo que queremos decir allí, son para Lewis la esencia del pensamiento con significado. “Para mí, la razón es el órgano natural de la verdad” escribió Lewis, “pero la imaginación es el órgano del significado. La imaginación no es la causa de la verdad, sino su condición”. En otras palabras, no aprehendemos el significado de una palabra hasta que tenemos una imagen clara con la que podamos conectarla.

For Lewis, this is what the imagination is about: not just the ability to dream up fanciful fables, but the ability to identify meaning, to know when we have come upon something truly meaningful.

Para Lewis, la imaginación trata de esto: no sólo la capacidad para inventarse fábulas ingeniosas, sino la capacidad para encontrar el significado, para saber cuándo hemos llegado a algo que de verdad significa algo.

 

Luces interminentes

Supongamos que llevo mi coche al taller para la revisión anual. Al final, cuando estoy a punto de irme, me acuerdo de que no he revisado una cosa. Bajo la ventanilla y le digo a voces al mecánico: ¿Funciona el intermitente trasero? Y me responde: “Ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no…”

 

La capacidad del mecánico para encontrar el significado está ciertamente limitada. No está ido, ya que entiende lo básico de los circuitos eléctricos. Sabe que si brilla la luz, la conexión funciona y que si la luz se apaga, la conexión se ha perdido. Pero le falta la capacidad para darse cuenta de que, en este caso, la luz parpadeante sirve para indicar “voy a girar”, no significa “conexión fallida”.

El mecánico puede ver la información a secas: luz encendida, luz apagada, luz encendida… Pero no puede discernir el verdadero significado del puro hecho. Lewis diría que el problema es un problema de imaginación del mecánico, lo que Lewis llamaba “el órgano de la imaginación”. El mecánico ve la luz, incluso entiende la electricidad, pero tiene el órgano del significado estropeado.

Lewis daría un paso más. Para él, el significado es la “condición antecedente de la verdad y la falsedad”. Dicho de otro modo, antes de que algo pueda ser verdadero o falso debe significar algo. Incluso una mentira significa algo, y una mentira entendida como una mentira puede ser muy instructiva. La razón, el órgano natural de la razón, es nuestra capacidad de distinguir significados verdaderos de significados falsos. Pero lo primero es el significado. Por eso, la imaginación opera antes que la razón. La razón depende de la imaginación que es la que le suministra contenidos con significado sobre los que puede razonar.

Volvamos al mecánico y al coche. No toda luz intermitente significa, de hecho, algo. En ocasiones, conexiones sueltas pueden producir luces que se encienden o apagan sin motivo aparente. Las describiríamos como sin sentido: las conexiones son arbitrarias, no tienen un significado.

Pero si las conexiones son regulares o siguen un patrón, probablemente concluiríamos que tienen un significado. ¿Qué tipo de significado tendrán? ¿Significarán algo verdadero, como que el conductor está a punto de girar? ¿O un significado falso, como si el conductor se hubiera olvidado de quitar la señal?

Para Lewis, la razón juzga entre significados, ayudándonos a diferenciar aquellos significados que son verdaderos de los que son falsos. Pero hasta que no tengamos significados, no tenemos nada sobre lo que razonar. Y según Lewis, el modo de llegar a los significados es la imaginación. La razón no puede operar sin ella.

La imaginación, sin embargo, puede operar sin la razón. Puede producir significados que son sencillamente “imaginarios”. Imágenes con significado fluyen continuamente en nuestros sueños, pero intentar investigarlas racionalmente no lleva a ningún sitio.

¿Qué nos dice todo esto sobre el legado de Lewis? Pues que cuando Lewis asumió el papel de apologeta, no tuvo que escoger entre una presentación racional del cristianismo y otra imaginativa. Tanto en Los milagros como en Perelandra tenemos significados captados a través de la imaginación, pero de diferentes tipos y con diferentes fines.

La imaginación no es sólo para Lewis tan necesaria como la razón, sino que, de algún modo, es más importante que la razón, porque se sitúa primero. La razón depende de la imaginación de una manera de la que la imaginación no depende de la razón. Y ciertamente, en el camino del propio Lewis hacia la fe, la imaginación llegó primero.

 

Descubriendo el “mito verdadero”

La conversión de Lewis fue provocada (humanamente hablando) por una larga conversación con J.R.R. Tolkien y Hugo Dyson. Hablaron del cristianismo, de las metáforas y de los mitos. En una carta a Arthur Greeves (fechada el 18 de octubre de 1931), Lewis recordaba la conversación. Queda claro que la cuestión del significado –es decir, de la imaginación- estaba en el centro de la misma.

En este punto, el problema de Lewis con el cristianismo era básicamente, de imaginación. “Lo que me ha estado reteniendo, no ha sido tanto una dificultad de creer como la dificultad de saber lo que la doctrina significaba”, le dijo a Greeves. Tolkien y Dyson le mostraron que las doctrinas cristianas no son la principal cuestión del cristianismo. Más bien, las doctrinas son la traducción de lo que Dios ha expresado en “un lenguaje más apropiado, a saber, la Encarnación, Crucifixión y Resurrección” de Cristo. El lenguaje principal del cristianismo es un lenguaje vivo, el lenguaje real, histórico, visible, tangible de una persona que nació de verdad, murió y volvió a vivir de un modo nuevo, inefable.

Cuando Lewis supo esto, comenzó a entender lo que significaba el cristianismo, porque estaba fascinado (lo había estado desde su infancia) por las historias de los dioses que morían y resurgían. Muchas viejas mitologías trataban de personajes cuyas muertes lograban o revelaban algo sobre la tierra: la nueva vida en las cosechas, por ejemplo, o el amanecer, o la llegada de la primavera. Lewis había encontrado siempre, en el núcleo de estas historias paganas “profundos y sugerente significados más allá de mi alcance, aunque yo no pudiera escribir en fría prosa lo que esto significaba.”

Por eso, Lewis pensaba que el cristianismo tenía que ser entendido en sus propios términos como una historia, antes de ser codificado en doctrinas. Y de esta manera, pasó de una perspectiva analítica de la fe a otra religiosa.

Análisis significa literalmente “separar”, mientras que religión significa algo así como volver a unir, religar, digamos. Las doctrinas surgen de la disección analítica; convierten el material histórico previo en categorías abstractas. Por eso, las doctrinas no son tan ricas en significación como el material histórico que reflejan.

 

Una apologética viva

Aquí es donde Lewis descolló. Comprendió que la historia que se cuenta en los Evangelios, más que el trabajo posterior que sobre esa historia se contiene en las epístolas, constituía la esencia del cristianismo. El cristianismo era un “mito verdadero” (mito aquí se refiere a una historia sobre las últimas realidades, no a una invención) mientras que los mitos paganos no eran sino mitos de los hombres. En el paganismo, Dios se expresaba de un modo genérico a través de las imágenes que los hombres creaban para dar un sentido al mundo. Pero la historia de Cristo es “el mito de Dios”. El mito de Dios es la historia de Dios que se revela a sí mismo a través de la verdadera e histórica vida de un hombre concreto, en un tiempo determinado, en un lugar determinado: Jesús de Nazaret, el Mesías, crucificado bajo Poncio Pilato a las afueras de Jerusalén, alrededor del año 33 d. C.

Los relatos paganos tenían significado pero no eran ciertos. La historia de Cristo tiene significado y además, es verdadera. El cristianismo es el mito verdadero, “el mito que se hace hecho”, como Lewis lo llamaría.

Dos semanas después de esta conversación con Tolkien y Dyson, Lewis se convenció de que el cristianismo era verdadero. Pero hay que hacer notar que antes de que aceptara la verdad del cristianismo, tuvo que superar un obstáculo imaginario. Su “órgano del significado” tenía que ser satisfecho. No podía otorgar el asentimiento racional al cristianismo si no había un contenido con significado sobre el que la más alta facultad de la razón pudiera asentir. La razón no puede operar sin la imaginación.

Y así, Lewis, que se llamaba a sí mismo “dinosaurio” en su lección inaugural en Cambridge, está, en muchas maneras, más cercano a nuestros contemporáneos que a los suyos. Nuestro reto en el mundo post-cristiano no es tanto el de mostrar que el cristianismo es verdadero como el de mostrar que tiene significado, que no son supercherías. Sólo si la gente percibe que la terminología cristiana tiene sentido y no es un lenguaje extraño podrá preocuparse después de si es verdad. Y lo que se necesita no son sólo definiciones de diccionario o breves ilustraciones, sino una historia envolvente en la que los aspectos de la vida cristiana puedan grabarse en la imaginación de las personas.

Lewis tuvo que vérselas con la cuestión de cuánto dedicar a los razonamientos y categorías abstractas que requiere la apologética y cuánto a re-enmarcar la apologética en una historia. Cuánto dedicar a re-presentar el acontecimiento narrativo de una persona que nace, crece, enseña, muere y vuelve a levantarse.

Como apologeta, Lewis comprendió que el debate, con las proposiciones diseñadas para demostrar y persuadir, es menos apropiado que una historia, con sus personajes, tramas y ambientes. En un debate, el apologeta debe adelgazar el lenguaje para comunicarse con sus oponentes, ya que, por definición, no poseen el abrazo imaginativo de aquello que el apologeta cree.

El apologeta tiene que trabajar en el atril de conferencias de la universidad o en el estrado del juzgado, mientras habla de algo que no sucede en ninguno de esos sitios. ¿Cómo el apologeta puede convertir la totalidad de la vida de fe –oración, comunidad, comunión, lectura de la Escritura, la caridad con los necesitados- en un razonamiento? Es como si Mozart tuviera que demostrar su musicalidad no componiendo una sinfonía, sino atado a una pizarra utilizando sólo números.

A esto se refería Lewis cuando hablaba de las “enormes desventajas bajo las que trabaja el apologeta cristiano”. La vida de la fe se comunica mejor en sus propios términos, es decir, en la vida: el lenguaje vivo de seres humanos reales, en lugares reales, en momentos determinados. La acción habla más claro que las palabras. Si la fe debe traducirse en palabras apologéticas, es mejor utilizar una historia, como en los Evangelios sinópticos, o palabras resonantes y connotativas, como los poderosos sustantivos del Evangelio de San Juan (Verbo, Luz, Camino, Agua, Gloria, Vid, Pan). Con estas palabras se expresa mejor la riqueza de significados de la fe que con meras argumentaciones abstractas.

Por esto Lewis no se limitaba a la apologética de las proposiciones, de la no ficción. Su intento más notable fue, por supuesto, Las Crónicas de Narnia. Estas historias han logrado quizá, más que ninguno de sus otros escritos, comunicar el núcleo de la fe. Chad Walsh, autor del primer estudio de Lewis, El Apostol de los escépticos, escribió: “En estos libros en los que la imaginación domina ampliamente, presenta la fe de un modo más elocuente y eficaz que aquellos libros de apologética propiamente dicha.”

 

La gran boda

La vida se parece más a una historia que a un razonamiento. Y así, si las cosas fueran iguales, una presentación del cristianismo en una historia siempre sería más efectiva que una razonada. Pero, por supuesto, las cosas no son siempre igual, y por tanto, la Iglesia necesita ambos métodos. Distintas personas tendrán distintas vocaciones, dependiendo del talento y del contexto. Pero incluso la apologética propositiva debería ser lo más concreta posible. La apologética narrativa, sin embargo, no es sólo imaginaria. Es imaginativa, en relación siempre con la razón, el “órgano de la razón”.

Tanto la apologética propositiva como la poética apuntan más allá de sí mismas a la historia de Dios encarnado. Es una historia, como decía Chesterton en El hombre eterno, que satisface “la búsqueda mitológica del romance siendo una historia y [satisface] la búsqueda filosófica de la verdad siendo una historia verdadera”.

En Cristo se encuentran la poesía y la filosofía. El significado y la verdad se han besado. C. S. Lewis comprendió, como pocos en el siglo pasado, hasta qué punto la fe es tanto racional como imaginativa. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Michael Ward is senior research fellow at Blackfriars Hall, University of Oxford, and professor of apologetics at Houston Baptist University. Part of this article is derived from his contribution to Imaginative Apologetics (Baker Academic).

Traducción: Pablo Gutiérrez Carreras

El artículo original puede consultarse en: http://www.christianitytoday.com/ct/2013/november/cs-lewis-better-apologetics.html

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