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Preparando el 12 de octubre: La Serpiente y la Cruz

Agradecemos a D. José Luis Muñoz Azpiri este texto enviado desde Buenos Aires.

“En la Conquista de América se entreveran encomienda y utopía, hecho y derecho,        guerra y misión, agresión y voluntad de una nueva ciudad de Dios”

Ramón Xirau

JL MUñoz azpiri

José L. Muñoz, autor del texto

Una de las características esenciales que ha regido el devenir de la historia de la humanidad es la idea que los pueblos se hacen de sí mismos y de sus vecinos. esta regla universal, que llamamos etnocentrismo, existe desde que el fuego y los rudimentos de la civilización anunciaron la aparición del hombre.
No tiene latitudes geográficas ni longitudes temporales, su universo abarca desde nuestra Tierra del Fuego, cuando hace miles de años los Onas se llamaron a sí mismo Selk´nam (nosotros, los hombres) hasta los tiempos actuales. Así como fueron bárbaros quienes no dominaron el vocabulario helénico y vivieron ajenos a la actividad de la Polis, “sudacas”, “pieds noirs” o “marielitos” serán los apelativos actuales de quienes desembarquen en las orillas del desarrollo.
En cierta forma toda sociedad tiende a valorar sus pautas culturales como unívocas y excluyentes, sea como tendencia endógena de supervivencia o como fundamentación teórica para legitimar su dominio sobre otra.
Este aislamiento en sí mismo, que se traduce en hostilidad tribal ante la vecindad del grupo ajeno, este muto extrañamiento y relación de conflicto entre el prójimo y el “otro”, no parece resuelto en la Unión Europea, en Medio Oriente ni en la frontera que separa Angloamérica de Iberoamérica. Particularmente en nuestro continente, donde a cinco siglos del llamado “Descubrimiento” seguimos chapoteando en la oscura miasma de la “Leyenda Negra” o la reminiscencia nostálgica de las glorias coloniales cantadas por Kipling.
Resulta paradójico y desalentador que el drama histórico que originó la primera y profunda reflexión de la humanidad sobre sí misma, sea nuevamente, a comienzos del tercer milenio, objeto de bizantinos discurrimientos sobre su legitimidad (como si todos los acontecimientos históricos lo tuvieran) o de maniquea arena de enfrentamiento entre “civilización original” o “cultura trasplantada”.

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Fray Antonio de Montesinos, una de las primeras voces españolas que clamaron en defensa de los nativos americanos, en 1511

No se reflexiona sobre el verdadero significado del acontecimiento. Se lo fractura, se lo parcializa, se habla del “Encubrimiento de América” y se lo despoja de su verdadero simbolismo. de ambas orillas del Océano de los descubrimientos es proclamado como la epopeya de Europa o el Apocalipsis indígena, pero por curioso mecanismo de autonegación se evita mencionar el ciclópeo parto de una nueva identidad.Pues el extrañamiento, la “otredad”, persiste en muchos sectores empecinados en creer en la pureza de las culturas – como si tal cosa existiese – y no admitir que la cultura post-colombina es esencialmente sincrética, como mestiza fue la España de Colón.
“Los latinoamericanos no podemos entrar en esta danza de glorias y reminiscencias macabras. Aquellos horrores fueron los dolores del parto en que nacimos. Lo que merece tenerse en cuenta no es solo la sangre derramada, sino la criatura que allí se generó y cobró vida(…) Somos el pueblo latinoamericano, parcela mayor de la latinidad, que se prepara para realizar sus potencialidades. Una latinidad renovada y mejorada, revestida de carnes indias y negras, heredera de la sabiduría de vivir de los pueblos de la floresta y del páramo, de las altitudes andinas y de los mares del Sur.”

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Quetzalcoatl, divinidad mesoamericana

Si en la actualidad se le preguntara aun parisino cuál es la verdadera Francia, si la de los Capetos o la de la Revolución, o a un británico si la Inglaterra sajona es más genuina que la normanda, consideraría el interrogante como un absurdo, dado que ab initio concibe su nación como un continuum.
Pues bien, sea desde una perspectiva indigenista empecinada en lo que condena, la amputación de la historia; o de anacrónicos conceptos europeístas de darwinismo social, que encuentran en la amalgama de razas nuestra supuesta inferioridad como naciones, América se presenta disociada, ahistórica, compartimentada en bloques irreconciliables. Curiosa patología de negación de la realidad, que como toda enfermedad mental conduce a la alienación o la muerte, en este caso de la originalidad propia.
Sí, somos vástagos de un alumbramiento doloroso, que no merece celebración eurocéntrica ni luctuosa conmemoración americana, pues no todo lo que se perdió es digno de llorarse ni todo lo que se adquirió es digno de festejarse. Es tiempo ya de aceptar que, si pretendemos ser propietarios de la historia y no inquilinos de la misma, nuestra identidad está dada por la interrelación de culturas que sucesivamente arribaron al Nuevo Mundo, desde los primitivos cazadores-recolectores de la Era Glacial hasta los contingentes de inmigrantes del presente siglo. Cualquier negación de alguna de ellas en nombre de determinada postura ideológica no sería otra cosa que amputar parte de nuestra existencia.

La conquista del Infinito
“…capitanes de ensueño y de quimera
rompiendo para siempre el horizonte,
persiguieron el Sol en su carrera.”
Manuel Machado.

Nuestro presente se caracteriza por revelar cotidianamente sucesos que no hace mucho concebíamos irrealizables. Nuestras dimensiones del tiempo y el espacio han sufrido una transformación de intensidad similar a la que significó la aparición de Copérnico en el conocimiento astronómico antiguo. La planetarización informática nos advierte al instante de la reestructuración geopolítica de alguna de las tantas zonas en conflicto del globo y armados de paciencia y armado de paciencia intentamos pronunciar los apellidos de sus nuevos mandatarios. Con la misma serenidad nos enteramos del envío del envío de la cápsula Voyager con mensajes a posibles inteligencias extraterrestres o de la exploración abisal de una fosa oceánica. Ya no existe metro cuadrado de la superficie terrestre que no haya sido minuciosamente relevado.
Pero el universo geográfico de la Europa del siglo XV se ceñía a una pocas naciones, los confines de un desierto o una cordillera, el conjunto mítico de los viajeros venecianos en Oriente y de los navegantes lusitanos en las costa de África. Las costas atlánticas del Mar Tenebroso eran el non plus ultra y mirar allende sus aguas traspasar los límites del sueño.
En este aspecto, el mundo antiguo se distinguía por un ambiente poético que el nuestro ha perdido. Los vacíos de la cartografía se rellenaban con el imaginario medieval, los apetitos de los comerciantes se avivaban con las memorias de Marco Polo y los corazones de los campesinos, tristes sombras encadenadas a la servidumbre de la tierra, encontraban momentos de sublime libertad en el canto de los juglares.
Ateridos, tras la dura jornada, el calor mágico de unos leños ardiendo los congregaba como en tiempos primordiales. Repentinamente, un caminante que a la vera del camino había solicitado compartir su vino y su pan, comenzaba a relatar su travesía por tierras extrañas. Hablaba de hombres que solo se cubrían de seda, de palacios resplandecientes, de muchedumbres de guerreros enjaezados en corazas brillantes que hería el Sol, de miles de gargantas que al aclamar a su conductor de gentes y caballos, hacán temblar las montañas más altas de la tierra.

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Virgen de Guadalupe

El joven campesino, extremeño, genovés, provenzal o sajón, soñaba al calor del fuego y al arrullo de las palabras del viajero. Soñaba abandonar el tedio de la vida provinciana, la esclavitud del arado, la inercia cíclica de una vida mil veces repetida por sus ancestros. En las palabras del trovador encontraba sentido a su existencia, podía dejar de ser el tiste palurdo y transformarse en el Caballero Lancelote, los callos de sus manos heridas por el ejercicio de la azada se redimirían en las manos robustas de los monjes guerreros, la penitencia de sus impulsos viriles encontraría liberación entre mujeres perfumadas de sándalo, que darían dulce reposo a sus fatigas.
Fue casi el despoblamiento de Europa, la flor y nata se su simiente emigró a los puertos, verdaderas usinas de fantasía. nuevas tierras, nuevos sueños nueva vida. El labrador que solo había conocido unas pocas parcelas de cereal, las admoniciones del párroco y las ordenanzas de su padre y el señor feudal, arribaba al arrabal de Europa, a la mugre de las escolleras, donde aventureros de todas clases y soñadores empedernidos, partían a confirmar las antiguas profecías.
Universo multicolor. calidoscopio de aromas, idiomas y relatos, donde el sonido de pendones y velámenes restallando en el viento se confundía con el griterío de la marinería anunciando a viva voz nuevos descubrimientos. Mientras los tonelajes de frutos desconocidos se descargaban en la orilla como una cornucopia legendaria, centenares de espíritus anhelantes pugnaban por integrar la tripulación de nuevas expediciones.

José Luis Muñoz Azpiri

Junta de Historiadores del Río de la Plata

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