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Reseña: un ilustrado entre Quito, Paris y Madrid. Pedro Franco Dávila

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María Saavedra Inaraja

Pedro Franco Dávila (1711-1786). De Guayaquil a la Royal Society: la época y la obra de un ilustrado criollo. 

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Autores: Javier Sánchez Almazán (coord.). Madrid (España) : Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), 2012. 352 p.

Recientemente fui invitada a participar como ponente en la presentación de este libro. Mi primer impulso fue pensar que poco tenía que ver con mi ámbito de investigación (se entiende esta inicial reacción mía al saber que quien cursó la invitación, Javier Sánchez Almazán, se presentaba como “responsable de la sección de invertebrados del Museo Nacional de Ciencias Naturales).

Antes de leer el libro me di cuenta de que era un tema apasionante, del que yo sabía poco. ¡Y se habían publicado al menos tres libros sobre Franco Dávila y el Real Gabinete!.

Uno de los temas que me preocupan – ocupan- la cabeza es precisamente el de la Ilustración española. Todavía hay quienes, siguiendo sin plantearse mayores críticas la visión que los franceses del XVIII y XIX tuvieron y divulgaron acerca de España creen que no hubo una Ilustración propiamente española; que en todo caso, algunos intelectuales “fuera del sistema” siguieron las pautas marcadas desde París. El propio libro señala  que la ilustración en España fue obra de una minoría… pero eso es exactamente lo mismo que sucedía en otros lugares de Europa y del Nuevo Mundo; España no era una excepción.

En la Enciclopedia Metódica Geografía Moderna, el artículo sobre España de Masson de Morviliers levantó en España muchos resquemores, y se incluyó una adenda en la edición española, diez años posterior al original de 1782, respondiendo,  al artículo de Masson que, además, no fue traducido literalmente.

Dice Masson: “España, esta nación hoy paralizada, tiene necesidad de una gran sacudida que la saque del letargo político en que se encuentra. Se halla todavía en los españoles sangre de aquellos valientes y antiguos castellanos ; tienen todavía aquella elevación de espíritu, aquellos nobles y generosos sentimientos, aquella sed de gloria, aquel amor por la patria y por la ciencia, ese deseo de éxito que tanto maravilló a nuestros antepasados y que se impuso a las naciones, pero por desgracia todas estas ventajas se alteran, se pierden, se confunden en una administración blanda y aletargada ; sus ceremonias religiosas, sus curas, sus frailes han hecho de esta colosal nación un pueblo de pigmeos.

(…) El orgulloso, el noble español se avergüenza de instruirse, de viajar, de tener algo que ver con otros pueblos. ¿Pero las ciencias que él desdeña, las artes que desprecia no son nada para su felicidad ? ¿No tiene necesidad de ellas para hacer que los ríos sean navegables y trazar los canales de comunicación con objeto de transportar lo superfluo de una provincia a otra ? ¿No tiene necesidad de ellas para perfeccionar su navegación, su agricultura, su comercio ; para sus primeras necesidades o para sus recreos, para librarse del yugo demasiado riguroso de los curas, para rechazar los errores peligrosos, de los prejuicios más peligrosos todavía ; en fin, para formar legiones en el arte de defenderse, y de impedir que lo despoje algún ambicioso vecino ? ¿Qué les faltaría para ser felices que no fuese el deseo de serlo ? ¡Pero querer es un trabajo para una nación perezosa y soberbia ![1]

Este artículo encontró numerosas respuestas en España, una de las primeras viene precisamente de Antonio José Cavanilles citado en el libro sobre Dávila como uno de los  botánicos que “comenzaban a destacar” en torno a  la fecha de 1771, un año antes de la llegada de Dávila a Madrid:

Antonio José Cavanilles afirmaba que “estaba reservado a Mr. Masson el ofrecernos un modelo de la ignorancia más reprehensible y la más atrevida presunción”, y realiza a continuación un breve recorrido por los diferentes dominios y disciplinas que han recibido las duras críticas del autor francés, en todos y cada uno de los cuales se encuentran sin ninguna dificultad argumentos suficientes para rebatir las tesis del articulista de la Encyclopédie méthodique, que demuestra, según el autor valenciano, un profundo desconocimiento de la cultura de nuestro país al no reconocer la deuda que ha contraído Europa con personajes tan ilustres como Miguel Servet, Luis Mercado, Nebrija, Vives y Arias Montano, que olvida asimismo que la actualidad de las letras españolas ofrece sin duda un panorama sumamente interesante, con Feijoo, Iriarte, Forner y tantos otros.

El libro sobre Franco Dávila ofrece nuevos argumentos para rebatir esa vieja idea, aún presente en algunos círculos de pensamiento.

He leído – y trabajado- con interés creciente el libro. Creo que está muy bien estructurado, de manera que nos va llevando de lo general a lo particular. Un primer encuentro con la figura de Franco Dávila en el artículo de Javier Sánchez Almazán, introduce en el personaje: su biografía (aventurera, típica de la época) incluyendo los lazos familiares (curiosa la situación de la esposa abandonada recién casados, pero de la que nunca se desligó); su actividad comercial con su padre; su estancia en París, deslumbrado por lo que veía y tratando de ayudar a jóvenes artistas o intelectuales que querían situarse en la capital francesa, que aparece ricamente dibujada en breves páginas; su afán coleccionista; las amenazas de ruina económica; su presencia en las principales Academias europeas del momento; y, por fin, el triunfo –tardío- en España, con la aceptación por parte de la Corona de su Gabinete de Historia, y el nombramiento como primer Director del ya Real Gabinete de Historia Natural.

A continuación, en los capítulos que siguen, se van añadiendo matices a la vida y obra del autor. Excelente semblanza de Carlos III por Ana V. Mazo Pérez. El rey Ilustrado, comparable a Federico de Prusia, Luis XV, o Catalina de Rusia. Decía el profesor Domínguez Ortiz que aunque Carlos III ha pasado a los libros de Historia como paradigma de monarca ilustrado, su gran mérito consistió en saber se rodear de personas válidas, entre sus ministros y consejeros. Madrid le debe mucho, pero también las diferentes disciplinas del saber, incluyendo la Arqueología, puesto que fue en su reinado cuando se legisla por vez primera la actividad arqueológica. En esto tiene mucho que ver, como queda señalado en el libro, su paso por el trono napolítano, y el descubrimiento de las ruinas romanas de Pompeya y Herculano. La redacción del capítulo, incluyendo anécdotas que son las que muestran la cotidianidad histórica, como la llegada del elefante procedente de Asia al Retiro y los souvenirs con su imagen en galletas, abanicos, pañuelos, tazas… pintan con excelentes trazos la “intrahistoria” de una época.

Begoña Sánchez Chillón proporciona nuevos e interesantes datos sobre al inquietud naturalista de Franco Dávila, puesta de manifiesto en su colección de minerales.

El gusto por la arqueología y por el arte, desarrollado por nuestro protagonista, viene perfectamente descrito en los tres últimos capítulos, referidos a la colección de láminas de Van Berkheij, las piedras bezoares y las curiosidades asiáticas, en magníficos textos de Carmen Velasco-Pérez, Julio González Alcalde y Delia Sagaste- Abadía. Simpático resulta el relato de la visita del Padre Provincial de misiones en China, que ha traído “un Chino que ha sido presentado al Rey han venido a ver el Gabinete” (p. 215, citando un doc. del archivo). Los bezoares, que en muchas crónicas americanas son mencionados como “piedras bezares”,  reciben aquí un interesante tratamiento, por su uso en cortes europeas con fines mágicos o cutrativos.

El conjunto del libro guarda gran coherencia en su estructura (no siempre los libros de varios autores lo consiguen). Me ha parecido una excelente muestra de pluridisciplinariedad. Hay un grandísimo esfuerzo de documentación histórica, junto con gran rigor al tratar de temas de las ciencias experimentales.

HA supuesto para mi un descubrimiento, se me ha ampliado el horizonte acerca de la posibilidad de establecer enriquecedoras colaboraciones entre la ciencia histórica y las ciencias experimentales: y  a medida que he ido avanzando en la lectura me he dado cuenta de que ESO era precisamente la Historia Natural. Hoy los investigadores del MNCN y del CSIC han hecho lo mismo que hace más de 200 años hizo Franco Dávila. Es la tarea de un humanista, de un hombre propio de la Ilustracion. Antes, podía hacerlo una persona; ahora, con la diversificación de disciplinas, y la multiplicación de fuentes, esa tarea debe hacerla un equipo formado por distintos especialistas. Y exactamente eso es lo que ha logrado el equipo autor, aglutinados por le buen hacer de Javier Sánchez Almazán.

Un aspecto importante: el círculo intelectual de Franco Dávila

Uno de los elementos que más me han llamado la atención del libro es la profusión de material documental empleado. Y gracias a él, se puede seguir  cómo Franco Dávila se fue labrando un puesto entre los intelectuales, políticos y científicos del momento, en España y en distintos países europeos. Las cartas intercambiadas con Olavide, Floridablanca, Celestino Mutis, Campomanes, el Padre Flórez… y un largo etcétera de nombres ilustres que van apareciendo en el libro como consecuencia de las relaciones mantenidas con Dávila. Lo mismo cabe decir de la pertenencia a Instituciones prestigiosas como la real Academia Sevillana de Buenas Letras (1774), la Real Sociedad de Londres, Sociedad Bascongada de Amigos del País, etc.

Merece la pena conocer un capítulo de nuestra historia a través de la vida y realizaciones de este ilustrado que nació en Quito, residió en Paris, y terminó sus días en la Corte de Carlos III.

María Saavedra Inaraja

Profesora de Historia de América. USP CEU


[1] Masson de Morvilliers : España (1782). Articulo incluido en la Geographie Moderne, tomo I, paginas 554-68, de la Encyclopedie Methodique, París, 1782. Texto muy importante pues, en alguna medida, fue el detonante para que se iniciara la polémica de la ciencia española.

 

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