Estudiando historia y arte en Madrid

Otro sitio más de USPCEU – BLOGS

Estudiando historia y arte en Madrid - Otro sitio más de USPCEU – BLOGS

Réquiem In Memoriam El Greco

nachobolivar1   Ignacio Tomás Bolívar Tejedo

Rito, arte y fervor se unieron en un acto que reflejó entre otras cosas, la inmensa grandeza de nuestra cultura

El lunes 7 de abril de 1614 fallece en Toledo Doméniko Teothokópuli, más conocido como “El Greco”. Mucho le debe el pintor a la urbe que lo acogió en 1577 y le permitió desarrollar la plenitud de su estilo hasta su muerte. El idílico paisaje, la importancia como sede primada de España, los muchos conventos y la prosperidad de la nobleza contribuyeron a ello. Así, Toledo y El Greco comulgaron de tal forma que ambos nombres se han hecho inseparables. Toledo alberga a El Greco en su esencia, y por ello, hace unos días la urbe se reunió para rendirle un solemne homenaje. El cretense contribuyó con su arte a la devoción y santificación de los toledanos. Por ello, nada más adecuado que una Misa de réquiem in memoriam de Doménico para la salvación de su alma como agradecimiento. El propio arzobispo de Toledo, Monseñor Braulio Rodríguez Plaza, ofició la celebración con abrumadora solemnidad.

Misarequiem arzobispo

Momento de la celebración. (Foto: abc.es)

La hermosura de la catedral, la atmósfera creada por la música, el ánimo de los fieles, la solemnidad de la liturgia y el mimo por los detalles dotaron a la celebración de una grandeza digna de la importancia del pintor. Rito, arte y fervor se unieron en un acto que reflejó entre otras cosas, la inmensa grandeza de nuestra cultura. Más de mil doscientas personas nos congregamos en torno al altar mayor. Cobijados por las bóvedas de crucería y amparados por las potentes pilastras uno podía encontrar allí a personalidades políticas, eclesiales, académicas y sobre todo gente sencilla, naturales de Toledo, España y todo el mundo, rezando por el descanso eterno de un griego, que ya en su época elogiaron nobles, tratadistas, clérigos y cualquier fiel que contemplase su pintura.

Réquiem aetérnam dona eis, Dómine; et lux perpetua lúceat eis (“Dales, Señor, el descanso eterno; brille para ellos la luz perpetua”). Así comenzaba el introito de esta misa de difuntos ofrecida a El Greco. Sin duda, rezar por un alma llamada por el Padre te acerca con intimidad a esa persona, por mucho que muriese en el siglo XVII. Seguramente, el propio Greco asistiera en vida a una solemnidad semejante en la catedral toledana, y digo semejante a conciencia, pues todos los elementos nos remitían a su época.

El Misterio Eucarístico, se llevó a cabo en el altar mayor, bajo su imponente retablo. Elaborado entre 1498 y 1504, fue diseñado por los famosos arquitectos Enrique Egas y Pedro Gumiel, que también trabajaron para los Reyes Católicos. La preciosa factura de las tallas, en la que participó un grande de España, Felipe Vigarny, entre otros, muestra todo el ciclo de la salvación desde la Anunciación hasta la Resurrección incluyendo el Juicio Final y la Asunción de María. Un precioso compendio de escenas lleno de luz y viveza gracias al estofado y pintura de los magnos Juan de Borgoña y Francisco de Amberes. Un retablo grandioso que muestra cómo un Dios se hizo hombre, padeció en la cruz y resucitó para que todos los hombres, incluido nuestro hermano Doménico, vivieran eternamente. Resurrección a la que se refirió el arzobispo en su homilía al recordar el himno griego “Christos anesti, alithos anesti” (“Cristo ha resucitado, verdaderamente ha resucitado”) que tantas veces rezaría El Greco en su Creta natal.

retablo (foto ABC digital)

Foto: abc.es

Toda la liturgia fue un canto a la misericordia de Dios y una ofrenda por el alma del pintor. Los muchos sacerdotes que asistieron a la celebración, contemplando el sublime lienzo de El Expolio, pintado por El Greco y situado en la sacristía de la catedral, se despojaron también de sus vestiduras para revestirse con unas fabulosas casullas y dalmáticas del mismo siglo XVII. Un precioso arte conservado con esmero hasta hoy que se desplegaba en todo su esplendor como antaño. Refulgentes bordones de oro brillaban sobre el fondo de seda negro jugando en unos delicados motivos vegetales.

Rito cuidado en detalle, oficiado completamente en latín, como en la época del pintor. Las oraciones se elevaban a lo alto hacia la plenitud del cielo de la mano de Cristóbal de Morales, magnánimo músico español de la generación precedente a El Greco y que también trabajó en Toledo. Tan original como El Greco lo fue en el uso del color y la pincelada, lo fue Morales en su estilo polifónico. Todos vibramos con su missa pro difuntis interpretada por la orquesta y los coros de “Ensemble Plus Ultra” y “Schola Antiqua” desde los sitiales labrados de Vigarny y Berruguete. Haciendo las bases con las voces agudas, Morales eleva las oraciones al cielo, donde parecen ser los ángeles los que interpretan los característicos rizos melódicos del compositor. Con gran solemnidad, música y liturgia se compenetraron llenándonos a los presentes de emoción. Desde las compungidas y serenas súplicas a Dios saltábamos con energía a la vez que suavidad a los cantos de gloria transmitiendo la grandeza de Dios, que simultáneamente produce profunda paz. La misma paz que pedíamos para nuestro hermano Doménico en presencia de Dios. Igual que El Greco supo plasmar la contemplación de Dios en su pintura, Morales logró lo mismo con sus notas.

Fue en definitiva una solemne misa y un gran homenaje a una de las más grandes figuras del arte español. Allí, con un rito que el propio Greco pudo celebrar, en una catedral que el propio Greco pudo contemplar, con una música con la que el propio Greco pudo rezar, allí, estábamos todos reunidos en comunión para pedir a Dios el descanso eterno de nuestro hermano Doméniko Teothokópuli. Aprovecho para mostrar mi profundo agradecimiento al profesor D. Pablo González Pola que me permitió la asistencia al evento. Tal como hicimos en la celebración, me despido con esta antífona a fin de continuar con las oraciones por El Greco: Ne recordéris peccata mea, Dómine, dum véneris judicáre saéculum per ignem. (“No recuerdes mis pecados, Señor, cuando vengas a juzgar al mundo con el fuego”).

Ignacio T. Bolívar Tejedo estudia 3º de Historia e Historia del Arte en la USP CEU

Categoría: Sin categoría

Tu dirección de correo no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*


− uno = 1

Follow

Get every new post on this blog delivered to your Inbox.

Join other followers: