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Una mirada a Van Gogh en su casa

Violeta Alustiza

Sólo de cerca se puede apreciar la variedad de color, la delicadeza de la pincelada, el espesor de la capa de pintura. Sólo de lejos vemos como esas millones de pinceladas convergen para formar un todo armónico, infinitamente mayor que la suma de ellas

Ámsterdam es famosa entre los turistas más jóvenes por su Barrio Rojo.  Pero aunque en la mañana las huellas de lo que fue para muchos una noche cargada de excesos dominan el escenario de “De Wallen”, afortunadamente basta con alejarse un par de cuadras para encontrar una realidad muy diferente.

A medida que uno avanza entre canales, bicicletas y angostas fachadas de los siglos XVII y XVIII la mente se va purificando, y después de unos treinta minutos de caminata aparece imponente el Rijksmuseum y la purificación es total. Acá se respira otro aire.

Pasar por debajo del arco que el Museo Nacional tiene justo en el centro es como entrar a otro mundo. Bien temprano en la mañana el cartel de “I amsterdam” no está  aún plagado de turistas, e inmediatamente detrás de él un estanque con pequeños canteros de flores coloridas abre paso a la museumplein. Y ya no es aire lo que se respira en esta plaza, es arte. Alrededor de ella, al Rijksmuseum se suman el Stedelilijk y el Van Gogh, que junto al mencionado estanque y los árboles de flores rosas y blancas hacen de la plaza un rincón especial, que inunda de paz y queda grabado en la retina. Pero hay que seguir, todavía falta entrar al museo del gran pintor neerlandés.

La brevedad de mi estadía en la capital de los Países Bajos me obliga a elegir y si bien el recientemente restaurado Museo Nacional es de visita obligada, mi natural inclinación hacia Van Gogh me lleva a optar por visitar su museo. Sé que peco de turista vulgar al no entrar al Rijksmuseum, pero por el momento no dejo que este defecto manche mi visita al Museo Van Gogh.

La muestra empieza en la planta baja con un pantallazo general de toda su obra acompañado de algunas piezas de pintores contemporáneos a él, o en los cuales se inspiró. Además de  introducirnos en su época de pintor de campesinos, vemos uno de sus más famosos autorretratos, dos de los óleos  que sus grandes amigos Bernard y Gauguin le dedicaron -en los cuales cada uno hace un autorretrato acompañado por el retrato del otro- y obras de artistas como Breton o Monet, las cuales le sirvieron de inspiración en diferentes momentos de su vida. De esta manera en una única sala conocemos al pintor en sus diferentes etapas y subimos a la primera planta con ganas de sumergirnos y detenernos en cada una de ellas.

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Van Gogh decide dedicarse a pintar en 1880, a los 27 años. En sus primeras obras no encontramos indicios de  las genialidades que saldrían de ese mismo pincel. Las pinturas de los tiempos en los cuales el marrón dominaba su paleta llegan a su punto máximo en “Los campesinos comiendo patatas”, obra que no fue tan recibida como esperaba y que a los inexpertos, acostumbrados a ver las pinceladas coloridas del genio, nos sabe a poco. En las primeras salas parece que nos hubiéramos equivocado de museo, lo cual lejos de ser decepcionante aumenta el impacto al llegar a sus obras maestras; el contraste es enorme.

No sería hasta 1886, cuando se traslada a París, que cambiaría su forma de pintar y emprendería el camino hacia su estilo propio. Allí, viviendo en Montmartre con su hermano Theo, conoce el impresionismo, el puntillismo, y los grabados japoneses, con los cuales experimenta en su transición hacia la pintura moderna, abarcando múltiples temas y técnicas. La pincelada se acorta, los campos ceden lugar a otros paisajes más coloridos, y los duros, algo caricaturescos retratos de campesinos, son reemplazados principalmente por autorretratos. De este momento cabe destacar -además de sus muchos autorretratos- el cambio en el uso de la luz y la aparición del color; ya comenzaba por entonces a jugar con los complementarios. Me atrapa especialmente “Jardín con amantes en Montmartre”, una de sus pinturas de mayor tamaño, de un puntillismo minucioso, y en la cual nos vemos obligados a detenernos un largo rato. Sólo de cerca se puede apreciar la variedad de color, la delicadeza de la pincelada, el espesor de la capa de pintura. Sólo de lejos vemos como esas millones de pinceladas convergen para formar un todo armónico, infinitamente mayor que la suma de ellas. A partir de acá será cada vez más difícil abandonar una pintura y pasar a la siguiente, nos estamos acercando al auténtico Van Gogh.

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En 1888, cansado de París, Vincent decide instalarse en Arles, ciudad de la provincia francesa de Provenza. Además de  sus famosos “Girasoles” y “La Habitación”, su estadía en el sur de Francia nos deja una deliciosa colección de paisajes primaverales. De estas obras maestras, fruto de largas horas al aire libre, me detengo especialmente en “Melocotonero en flor”.  Lo que primero que llama la atención es que en un cuadro titulado en inglés “The pink peach tree”, el rosa brille por su ausencia. Sucede que el pigmento rojo que uso Van Gogh en esta y varias otras pinturas, con el tiempo se decolora hasta llegar incluso a desaparecer. El pintor estaba enamorado del color y empecinado en cautivar al ojo entrelazando pinceladas de colores complementarios, sin saber que con el paso de los años sus rojos lo traicionarían, sus rosas quedarían reducidos a blancos y sus violetas a azules. Sin embargo pese a que este cuadro mermó significativamente en colorido, en absoluto lo hizo en belleza.

A fines de 1888 luego de amenazar a Gauguin con una navaja durante un episodio psicótico  y cortarse, como todos sabemos, un trozo de su propia oreja, es internado primero en un hospital en Arles y luego en instituto psicológico en Saint-Rémy. Y aquí obtenemos asombrosas imágenes de los paisajes que Van Gogh ve a través de la ventana del hospital, pero vemos también lo que alguien que crea naturalmente al aire libre es capaz de hacer cuando se ve obligado a permanecer dentro. Al verse por momentos despojado de sus paisajes, el pintor decide crear sus propias versiones de las grandes obras de sus maestros. De no haber sido así, jamás habríamos tenido una “Pietà” de Van Gogh, ya que pese a haber vivido una etapa de intensa religiosidad antes de convertirse en pintor e incluso haberse dedicado de lleno a la evangelización, la religión fue un tema que en sus pinturas no tocó más que tangencialmente. Basa su “Pietà” en la de Delacroix, pero impregnándola de su propio estilo. Destacan en esta obra el manejo de la luz y el parecido entre las facciones de Jesús y las del propio Van Gogh. Resulta extraño y profundamente conmovedor ver esta escena, tantas veces reproducida en el mundo del arte, recreada en un estilo al cual le es ajena, y del cual estamos acostumbrados a recibir paisajes.

La teoría que asocia locura y genialidad podría bien aplicarse al caso de Van Gogh, ya que durante su estadía en Saint-Rémy, entre ataques intermitentes, no deja nunca de pintar obras maestras. Desgraciadamente su “Noche estrellada” no se encuentra en este museo, pero pese a haber pasado ya muchos años desde que pude disfrutarla, doy fe de que este pequeño óleo tiene un encanto especial, es de esas obras que uno jamás se cansa de ver. Sí se encuentra en estas salas “Almendro el flor”, obra dedicada a su sobrino, llamado Vincent en su honor. Van Gogh reproduce en esta ocasión uno de sus temas favoritos, los árboles frutales en  flor, pintando en este caso las ramas del almendro en un primer plano, ocupando casi la totalidad del espacio y acompañadas de un fondo celeste que parece ser un cielo. Como sea, logra maravillosamente representar la inocencia y la esperanza de una nueva vida, en un cuadro lleno de paz y dulzura.

trigocon cuervos

En 1890 el gran pintor se muda a Auvers, cerca de París y por lo tanto, de su querido hermano Theo. Sería en un campo de esta localidad donde, luego de pasar dos meses, Van Gogh se dispararía con un revólver y acabaría con su vida. Sin embargo en ese breve tiempo pinta más de 80 cuadros. El que más llama mi atención es sin duda “Campo de trigo con cuervos”. Si bien se desconoce qué es lo que el pintor ha querido transmitir con esta pintura, los cuervos y la tormenta no pueden ser un buen augurio, y cuesta no relacionar la obra con su triste final. Ya nada queda de la paz que transmitían sus almendros, tan solo unos meses atrás. La obra transmite soledad, inseguridad, da una sensación desagradable de peligro inminente.

En las ultimas salas accedemos a centros interactivos donde podemos apreciar las diferentes técnicas que utilizo Van Gogh, las modificaciones que han sufrido sus cuadros con el paso de las años, los materiales con los cuales trabajaba. El museo en su totalidad me parece un justo homenaje a un genio que además de talentoso era un trabajador tenaz. Los desconocedores tendemos a asumir que las pinceladas fluyen con naturalidad, e ignoramos el arduo trabajo que hay detrás de cada cuadro. Van Gogh admiraba a Gauguin por su simplicidad, durante toda su vida busca pintar de forma que “todo aquel que tenga ojos pueda entenderlo”, y efectivamente lo logra. Es un pintor accesible para un público inexperto, ni los ojos de aquellos que no tienen el amor por el arte inscrito en los genes pueden resistirse a las obras del gran Vincent.

Salgo del museo, después de más de tres horas, inundada de color. Ni las bicicletas que tengo que esquivar ni la lluvia me quitan la agradable sensación que me dejó el pintor neerlandés. Busco y encuentro un café donde repasar mentalmente la obra del genio, pido un chocolate y voy recuperando el calor. Después de todo, los canales de Ámsterdam serán una verdadera belleza, pero no son tan acogedores como el sol de Madrid. Mucho menos que el verano con jazmines que dejé atrás en Argentina.

Violeta Alustiza estudia en la Universidad Católica de Argentina. Actualmente realiza una estancia internacional en la USP CEU

“UN HORIZONTE INFINITO”: Segunda promoción de Graduados CEU Historia e Historia del Arte

Nosotros hoy, de igual forma, afrontamos el futuro, que como la Capilla Sixtina hace 506 años, se encuentra en blanco a la espera de que dibujemos en él todos nuestros proyectos, de que plasmemos todo nuestro talento,  en definitiva, de que imprimamos el legado de nuestra obra para el futuro. 

El pasado 10 de mayo, fue un día especial para estudiantes y profesores de los Grados de Historia e Historia del Arte de la Universidad CEU San Pablo. Se celebró el acto de Graduación de los estudiantes de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad CEU San Pablo 2013-2014

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Todos los recién graduados de Historia e Historia del Arte, recibiendo sus diplomas y sus becas. De izda. a dcha: Ana L. , Álvaro , Carlos, Javier G., Guiomar, Javier A., Irene, Juanra, Almudena, Natalia, Gloria

La intervención de Javier Amate, durante el acto de graduación, en representación de todos sus compañeros  de Historia, Historia del Arte y Humanidades, es la mejor muestra de la excelente preparación de un grupo de estudiantes que  en unas semanas se habrán convertido en grandes profesionales.

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Noelia Fernández y Javier Amate representaron con brillantes discursos a sus compañeros de promoción

“Queridas familias, estimados profesores, amigos todos que nos acompañáis en este momento tan significativo de nuestra vida. Un día 10 de mayo como el de hoy, el inmortal Miguel Ángel Buonarrotti comenzaba a pintar los frescos de la Capilla Sixtina. Pese a toda su genialidad, el pintor no imaginaba que acababa de empezar una de las obras cumbres del arte universal. Confiaba en su talento, en la minuciosa preparación que había hecho elaborando con sumo cuidado cada uno de los dibujos, de las composiciones, de los colores, en definitiva, de todo lo que iba a ser su trabajo.

Nosotros hoy, de igual forma, afrontamos el futuro, que como la Capilla Sixtina hace 506 años, se encuentra en blanco a la espera de que dibujemos en él todos nuestros proyectos, de que plasmemos todo nuestro talento,  en definitiva, de que imprimamos el legado de nuestra obra para el futuro.

Ante nosotros se abre un horizonte infinito, lleno de posibilidades y puntos de encuentro que somos incapaces de imaginar. Es verdad que tanta inmensidad suscita de forma inevitable el miedo a la incertidumbre, al qué será de nosotros, y más en una situación tan difícil como la que hoy toca vivir a tantos y tantos jóvenes. No obstante ¿Debemos de pararnos por eso? ¿Qué hemos de temer?  Aquel que nos ha dado a nuestras familias y todas las cosas buenas, el que nos ha colocado en esta universidad estos años ¿se va a olvidar acaso de nosotros y de nuestro futuro sonada la hora de zarpar? Tengamos confianza porque el futuro es nuestro y cada instante nos es regalado para cumplir la vocación a la que somos llamados.

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Nuestros flamantes graduados …

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… y las graduadas de la II Promoción

Al igual que nuestros antepasados, hoy nos aventuramos en lo desconocido. Pero estamos tranquilos, nuestros barcos son sólidos. Estos años en la Universidad han sido de preparación intensa. Mis compañeros y yo hemos llenado nuestras mentes de conocimientos, hemos hecho experiencia en la búsqueda del saber y hemos dado rienda suelta a nuestras inquietudes acompañados de muchos profesores.Hemos encontrando en el camino grandes maestros, referentes cuyo consejo y estela han de guiarnos de alguna forma toda la vida. 

Pero sin duda, lo más grande que nos llevamos de estos años es que vosotros, maestros y familias que hoy nos acompañáis, habéis soplado a nuestras velas el viento que como humanistas nos mueve: el verdadero interés por el hombre. A lo largo de estos años hemos estudiado historia, literatura, arte, filosofía, pensamiento político… pero todo nos habla de lo mismo: del hombre. Y si hay algo fundamental que aquí hemos aprendido es que la comprensión del ser humano no se limita al estudio de las circunstancias en que vivió o a las obras que dejó, sino que nace del interés real por las personas concretas. El interés por aquellos que nos precedieron y por aquellos que van apareciendo en nuestras vidas. Como decía Terencio: soy hombre, nada de lo que es humano me es indiferente.

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NAtalia, Guiomar, Almudena e Irene. ¡Felices!

Y es que nada hay más satisfactorio para un humanista, para un hombre, que descubrir y reconocer que el corazón del otro está hecho para lo mismo que el mío, que busca y desea lo mismo que el mío. Cuando esto se pierde de vista, es cuando el hombre se convierte en un verdadero lobo para el hombre, cuando el estudio de las humanidades se pervierte y sólo responde a intereses vanos y personales. El dejar de reconocer en el otro a un verdadero semejante nos lleva a situaciones tan desastrosas como la I Guerra Mundial cuyo centenario conmemoramos este año.

todos riendo

El “photocall” montado por onceu fue el momento para disfrutar divertidos momentos después de la ceremonia

Por tanto, sólo desde este punto de partida cobran verdadero sentido nuestros estudios de humanidades, y sólo partiendo de este punto podremos construir juntos el futuro. Tomemos conciencia igual que Miguel Ángel antes de empezar su obra, y salgamos de aquí pidiendo vivir nuestra vocación con esta tensión. Pidamos también vivir confiados en la victoria, ya que nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo, y nosotros, igual que San Pablo queremos caminar confiados en que todo lo podremos en Aquel que nos conforta.”

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Javier Amate Expósito estudia 4º curso de Historia y de Historia del Arte en la Universidad CEU San Pablo

Todo el acto fue cubierto por los alumnos de onceu, que hicieron un magnífico trabajo. Puedes ver un resumen en el siguiente enlace:

https://www.youtube.com/watch?v=S4pTbO8AmQU

 

En el Día de Europa: una visión desde Argentina

El 9 de mayo se celebra el “Día de Europa”, conmemorando la Declaración Schuman firmada en esa fecha del ya lejano año de 1950. Queremos contribuir a este aniversario con una visión diferente, la de una argentina que reflexiona sobre dos realidades (americana y europea) “tan iguales y tan diferentes”.

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La crisis de España es difícil de ver con ojos argentinos, y la crisis de la Unión Europea es difícil de ver con ojos latinoamericanos. En las calles de Buenos Aires se escucha hablar de inflación, de corrupción, de inseguridad. Se escucha y también se ve, se siente, se vive. Jamás nadie habla de dólar débil o de crisis del euro. El dólar, y en menor medida el euro, son el refugio de los ahorristas de nuestro país; son la única manera de que el sueldo del mes pasado nos permita comprar las mismas cosas el mes que viene.

Viniendo de allá es difícil no considerar un tanto extraños los titulares que hablan de una Europa en crisis. Y es que desgraciadamente estamos acostumbrados a otro tipo de crisis, a una que es casi constante y que se distingue a simple vista. Es verdad que se está mucho mejor que en 2001, pero es que si se toma como base un año especialmente malo los índices siempre serán positivos, y no olvidemos que de aquellos años todavía se arrastran millonarias deudas con los fondos buitre. El gran problema es que estamos acostumbrados a que en nuestro país se manejen unas prioridades que cualquier persona con un poco de sentido común tildaría de totalmente desordenadas. El realismo mágico sale de la literatura y se transporta a la política. Para saber cuál es la cotización del euro o el dólar en el mercado negro basta con leer los diarios, la publican todos los días, y nos parece algo perfectamente normal. Los profesionales de la educación cobran una miseria pero el futbol es gratis para todos, respondiendo por supuesto a “la obligación de garantizar a todos los argentinos, sobre todo a aquellos que no pueden pagar, el derecho al acceso a ver su deporte predilecto”. Y eso que cuando de realismo mágico político se trata no estamos tan mal; al menos no adelantamos la navidad, no tenemos un Ministerio de la suprema felicidad y nuestra presidente no ha denunciado intentos de magnicidio por el momento. Ante todo esto, escuchar que una moneda que compramos a más de 15 pesos está en crisis es duro. Si es así, ¿qué queda para nosotros?

Y no significa esto que la crisis de Europa no exista. Existe, preocupa y el camino de salida no parece fácil. Pero quizás comparar la situación con la de otras partes del mundo ayude a valorar más lo que se logró con una Europa Unida. En Latinoamérica la cantidad de organismos supranacionales es inversamente proporcional al nivel de integración que estos han conseguido. Con una creciente reticencia hacia Estados Unidos -en el cual múltiples gobiernos populistas han hallado el enemigo del cual hay que proteger a la nación- y para contrarrestar el panamericanismo de la OEA, se han creado organismos alternativos sin la presencia de Estados Unidos, cuyos objetivos no están claros y cuyas acciones suelen consistir más en emitir comunicados ambiguos que en realizar acciones concretas.

Viendo la falta de unidad en el Mercosur, el modo de proceder de la UNASUR respecto a la crisis en Venezuela, la inentendible manipulación que Cuba ejerce sobre el país petrolero que tanto habla de impedir la injerencia de otros países en sus asuntos internos, y el silencio de prácticamente todo el resto de los países del continente, la Unión Europea nos parece una maravilla. Más allá de las diferencias de intereses, que han existido desde la firma del tratado de Roma, los avances han sido muchos más que los problemas.

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Luego de un siglo XIX caracterizado por la consolidación de los estados-nación, la primera guerra mundial cayó en Europa como un baldazo de agua fría. Sin embargo, lejos de servir de lección, luego de la guerra los nacionalismos se exacerbaron aún más y en los tratados de paz de la primera guerra se sentaron ya las bases para la segunda. Al finalizar esta, Europa estaba destrozada, pero afortunadamente no sobrevino la oleada de revanchismo que caracterizó el final de la primera. Ya en 1946, a muy poco tiempo de terminar la guerra, se afianzaba en Ginebra la existencia del espíritu europeo y Churchill hablaba de la creación de los Estados Unidos de Europa. A partir de ahí, el camino de la construcción de una Europa unida fue difícil pero siempre hacia adelante, sumando poco a poco más países y logrando conformar un fuerte bloque supranacional, algo que en Latinoamérica al día de hoy parece imposible.

Años después de emprender el camino hacia la unidad europea, Monnet dijo “si tuviera que volver a empezar la construcción de Europa, lo haría por la cultura”. Mientras a Europa le costó de darse cuenta de que “lo europeo” existía como realidad cultural, en América Latina reconocer la existencia de una cultura común fue prácticamente el único avance real en pos de la integración. Pero más allá del reconocimiento de una cultura iberoamericana, cada país está tan sumido en sus propios problemas que no le dedica demasiado interés al funcionamiento del continente como conjunto. La idea de Patria Grande que propulsaban los libertadores nada tiene que ver con la Patria Grande de la cual se habla hoy. Pareciera que el término se utilizara solo como contraposición al imperialismo estadounidense, pero que en el fondo está muy lejos de ser un proyecto real de unificación. Dudo que quienes hablan hoy de Patria Grande vean realmente a todos los Estados americanos, como veía San Martin, “como Estados hermanos interesados todos en un santo y mismo fin.”

A Europa le costó dos guerras mundiales y millones de muertes pero finalmente aprendió. En muy poco tiempo el modo de pensar de Clemenceau fue reemplazado por el de Schuman, que encontró en Adenauer un interlocutor ideal. Así Francia y Alemania, enemigos históricos, se dieron cuenta, como bien diría Schuman, de que poner en común la producción de carbón y acero no solo hacía que una guerra entre ambos países fuera impensable sino que además la hacía  materialmente imposible.  Europa se dio cuenta de que existía una cultura común, de que la unidad beneficiaba a todos y era necesaria para sobrevivir en caso de un eventual conflicto entre las dos grandes potencias que emergieron de la guerra: Estados Unidos y la URSS.

Los países europeos, ante el miedo de algunos de ceder parte de su soberanía nacional, encontraron la forma de empezar el proceso de integración en el área económica, posponiendo la unidad política.  Pero Latinoamérica no ha encontrado en la economía precisamente un refugio. Países bien dotados de recursos naturales no han sabido aprovechar su propio potencial y confiaron demasiado en un sector primario que podrá dar buenas épocas pero nunca asegurará la estabilidad. El hecho de depender económicamente de las exportaciones de materias primas hace que las crisis que afecten a los países a los cuales se exporta repercutan inmediata y drásticamente en las economías de los países iberoamericanos.  Cuando Europa comenzó a prescindir de las importaciones de América, los países latinoamericanos intentaron llevar a cabo una sustitución de importaciones que nunca llegó a lograrse. La población argentina, para peor, después de haber tenido acceso fácil a los últimos productos tecnológicos gracias a un tipo de cambio mantenido artificialmente, no supo acostumbrarse ya a eso de “vivir con lo nuestro” y parece por lo tanto condenada a la dependencia.

En fin, más allá de la crisis del euro, de los euroescépticos, de las diferencias que históricamente han existido entre Francia y Alemania, de la dependencia energética, y demás imperfecciones que la Unión Europea pueda tener, a la hora de evaluar a la Europa unida el balance es clara y ampliamente positivo. Desde la CECA a la Unión de los 28, arduo camino de por medio, se alcanzó un desarrollo colectivo envidiable, que habría sido imposible para cualquier país de forma aislada. Se logró la unidad económica total y de a poco fue consolidándose también la unidad política, moviéndose lentamente pero siempre avanzando hacia la conformación de lo que hoy es el organismo supranacional regional más poderoso del mundo. Ojala algún día en otros sectores del mundo pueda alcanzarse un nivel de integración semejante, en beneficio de todos y en perjuicio de nadie. El 9 de mayo, a pesar de ser laborable, no es menos importante que cualquier día de festivo, y es en igual medida una ocasión para celebrar.

Violeta Alustiza

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