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Santa Teresa y Bernini

Comentario a una obra de arte: 

Éxtasis de Santa Teresa (1647-1652)

Gian Lorenzo Bernini (1598-1680)

Capilla Cornaro, iglesia de Santa María de la Victoria, Roma

Bernini se muestra en este conjunto como artista polifacético, combinando arquitectura, escultura y pintura en la creación de una obra de arte total, de una escenografía que envuelve e implica al espectador transportándole desde la realidad material hasta la trascendente.

María Rodríguez de Velasco

Cuando Bernini realiza el conjunto de la capilla Cornaro, culminado en 1652, los artistas trataban de adecuar la representación de los santos al decoro exigido por el decreto sobre las imágenes resultante de la vigésimo quinta sesión del Concilio de Trento. A partir de entonces se recomendaba la solemnidad en la representación de los santos, alejándolos de la cotidianidad medieval y favoreciendo la representación de éxtasis, martirios o instantes de oración contemplativa y penitencia. Mediante estas imágenes se trataba de conmover a los fieles, de servir a la piedad y la liturgia, a la vez que se afirmaba el valor de los santos, figuras negadas por el protestantismo. Una de las santas más representadas en el siglo XVII es precisamente Teresa de Jesús, gran escritora mística, reformadora del Carmelo y doctora de la Iglesia. La propia santa en sus escritos había realizado reflexiones sobre las imágenes sacras en consonancia con las ideas tridentinas, como instrumentos para acercar a los fieles a la contemplación divina. Así lo revela su confesor, el padre Jerónimo de la Madre de Dios, al afirmar que “…era la santa Madre Teresa de Jesús muy devota de las imágenes bien pintadas” como “grande parte para guiar a las almas a Dios”.collaert teresa

Desde que en 1576 fray Juan de la Miseria realizara el primer retrato de santa Teresa en el convento carmelita de Sevilla, son muchas sus representaciones como escritora mística, incluyéndose incluso en algunas de sus imágenes motivos propios de las representaciones de los santos penitentes. Con estos retratos, destinados en su mayoría a sus fundaciones, se quería perpetuar la imagen de la santa y presentarla como modelo para las monjas carmelitas. La iconografía de santa Teresa se enriquece notablemente  a partir de 1613, cuando Adriaen Collaert y Cornelis Galle realizan en Amberes una serie de grabados para ilustrar una vida de la santa. Pronto estos grabados se difundirán sirviendo de inspiración a esculturas y pinturas de mayor monumentalidad. Otro punto de inflexión en lo que se refiere a la evolución de sus imágenes se produce a partir de su canonización, el 12 de marzo de 1622. Ni el tapiz que ornamentaba ese día la basílica, ni la bula pontificia de Gregorio XV, se olvidaron de la labor de santa Teresa como escritora mística, pero a la vez referían uno de los acontecimientos más importantes de su vida, la transverberación, éxtasis místico que la propia santa relata en su autobiográfico Libro de la Vida.

Probablemente Bernini, uno de los escultores más notables de la ciudad de Roma en el siglo XVII, conociera tanto los grabados de Amberes como la imagen del tapiz de la canonización, cuando realiza su monumental escultura de la Transverberación para la capilla Cornaro, terminada en 1652. A su inspiración contribuiría también el escrito de la propia santa Teresa quien describe cómo “un ángel querubín y bellísimo desde el lado izquierdo, con su lanza o dardo de oro y punta de hierro ardiente, penetró mi corazón y mis entrañas, dejándome toda inflamada de amor divino, con un dulce dolor agudo, propio de la relación entre el alma y Dios”. Probablemente el cardenal Cornaro, promotor de esta capilla y gran devoto de la mística española, hubiera hecho llegar al escultor el libro de la Vida, así como el Compendio dell’oratione mentale, síntesis de los textos de santa Teresa publicada en Madrid en 1610 y de la que se preparó una nueva edición en Roma para conmemorar la culminación de la capilla Cornaro. Partiendo de todas estas fuentes Bernini reinterpreta la escena con su particular lenguaje artístico, de forma teatral y con una fórmula iconográfica novedosa en lo que se refiere a la santa desmayada, signo de que Bernini recrea el instante inmediatamente posterior, cuando el ángel ya ha retirado su dorada saeta del corazón de la santa. De hecho esta imagen de Bernini dejará su huella en la serie de grabados editada en Roma en 1655 por Francesco Moneta, para ilustrar la Vita effigiata di S. Teresa Vergine, donde también se representa a la mística ya sin sentido.

tn_135 BERNINI Extasis de Sta Teresa (Capilla Cornaro 1647-52) 05

Bernini preparó minuciosamente su composición, con dibujos y bocetos de terracota de menores dimensiones. El resultado es una obra de gran plasticidad y dinamismo, de hecho podríamos decir que la escultura vivifica la capilla Cornaro, convirtiéndola en “imagen del Paraíso”, en palabras del propio cardenal Federico Cornaro, quien había dispuesto su enterramiento en dicho espacio. Y es que esta escultura hay que contemplarla en su emplazamiento original, una teatral escenografía que se completaba en sus lados menores con balcones a modo de palcos, simétricamente dispuestos, desde donde la familia comitente asiste como testigo privilegiado al éxtasis. El tratamiento de los Cornaro evidencia la capacidad de este escultor para trabajar el retrato, con gran realismo de los rasgos y una aguda captación psicológica en los rostros. Esta misma intensidad expresiva la advertimos también en el grupo del Éxtasis, donde el rostro de la santa, traspasado por el amor divino, transmite serenidad y sufrimiento a la vez, frente al ángel, que la contempla con una incipiente sonrisa. La idealización en la talla de esta última figura, la perfección en el tratamiento de sus proporciones, evidencia la admiración de Bernini por las esculturas de la antigüedad grecolatina, que había podido estudiar en las colecciones vaticanas. Allí también pudo contemplar en directo la monumentalidad escultórica y pictórica de Miguel Ángel, quien se convirtió en fuente de inspiración para sus composiciones.

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Bernini refuerza la monumentalidad de ambas figuras con una cascada de pliegues envolventes, de gran dinamismo, especialmente en el hábito de santa Teresa, de apariencia rugosa y pesada. Su pericia técnica le permite diferenciar el tratamiento de los ropajes del pedestal de nubes que acentúan la solemnidad de la imagen. Atributo iconográfico clave para la lectura del conjunto es la flecha dorada portada por el ángel. En consonancia con ésta, como fondo de la escultura, los rayos dorados introduce el simbolismo de la luz trascendente, en contraposición con la luz natural filtrada sobre el conjunto. Los rayos de bronce descienden directamente de una cúpula decorada con querubines pintados y nubes de estuco que enmarcan la paloma del Espíritu Santo y sirven de recurso compositivo para reforzar la unidad entre arquitectura, escultura y pintura en la capilla Cornaro. El dinamismo de la arquitectura está en consonancia con el movimiento y la teatralidad de la escultura que la centraliza. Bernini se muestra en este conjunto como artista polifacético, combinando arquitectura, escultura y pintura en la creación de una obra de arte total, de una escenografía que envuelve e implica al espectador transportándole desde la realidad material hasta la trascendente.

Bernini, desde que el papa Urbano VIII lo pusiera al frente de la construcción de la Basílica de San Pedro, donde culminó la gran columnata de la plaza, el monumental baldaquino o la Cátedra de San Pedro, trabajó al servicio de pontífices posteriores, como Alejandro VII y Clemente IX, y gozó del favor de la nobleza romana, consolidándose como uno de los grandes maestros del Barroco italiano, compitiendo en la ciudad eterna con Alessandro Algardi y, sobre todo, con Borromini. Aunque abordó las tres grandes artes, Bernini destacó sobre todo en el campo de la escultura, siguiendo en esto a uno de sus grandes referentes, Miguel Ángel, de quien admira la monumentalidad y fuerza expresiva de sus figuras. En la capilla Cornaro se sintetizan los caracteres del lenguaje escultórico de un hombre de profunda religiosidad que puso su talento al servicio de la Iglesia.

María Rodríguez Velasco es profesora de Historia del Arte en la Universidad CEU San Pablo

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