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Polonesas (II) Nombres que NO se lleva el viento

Pero los polacos, conscientes de que su historia es pilar de su identidad, han querido poner nombres a aquellos miles de muertos

Polonia lleva  su nombre y su historia escritos en sangre. La de tantos héroes que se han esforzado a lo largo de la historia en mantener viva la nacionalidad forjada contra viento y marea.

Recuerdo la primera vez que visité Polonia, en el verano de 1990. Apenas despegaba el país de las décadas en que se había visto encadenada al régimen soviético. Por aquel entonces, en muchas parroquias podían verse recortes de prensa y fotografías del Padre Jerzy Popieluszko, aquel joven sacerdote torturado y asesinado en 1984. Era muy reciente. A nosotros, estudiantes universitarios venidos de España, nos resultaba difícil creer que aquel “telón de acero” bautizado así por Churchill hubiera sido un velo a los ojos de Occidente, desde 1945 hasta 1989, y que no se supo o no se quiso actuar.

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Monumento al Soldado Desconocido, Plaza del Mariscal Józef Pilsudski (Varsovia)

Ahora, al regresar a Polonia después de tantos años, he podido comprobar cómo los polacos se han esforzado en no rememorar héroes anónimos, sino personas con un nombre concreto, con identidad histórica. Existe en Varsovia, como en la mayoría de las capitales del mundo, un monumento al “Soldado desconocido”, junto a la que hacen guardia permanentemente dos militares.

Pero además, por toda la geografía polaca se pueden leer los nombres de centenares de personas que dieron su vida por defender la dignidad y libertad de su Patria. Los bosques, los caminos, las carreteras, hasta las aldeas más pequeñas, cuentan con placas en las que queda registro de los nombres de soldados, civiles, religiosos, párrocos, fallecidos de manera violenta a lo largo de los siglos y, de manera muy especial, a partir de 1939.

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Monumentos levantados en homenaje a civiles y sacerdotes en el distrito de Siennica

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En la iglesia de la Santa Cruz, en Varsovia, una capilla se dedica a rezar por las víctimas de Katyn. Cargada de simbolismo, destaca el retorcido metal en forma de verja, que recuerda los campos de concentración y de exterminio.

 

 

 

 

 

 

 

 

Hay un hecho especialmente presente en la memoria histórica polaca: Katyn, la masacre de más de 20.000 polacos, entre los que se encontraban soldados, oficiales y civiles. Hasta 1990 Rusia no reconoció la responsabilidad de la URSS en los asesinatos, y en 1992 el presidente Boris Yeltsin entregaba a Polonia papeles desclasificados entre los que se encontraba la orden firmada por Stalin que condenaba a muerte a aquellos prisioneros retenidos en el bosque de Katyn, en Smolensk.

Pero los polacos, conscientes de que su historia es pilar de su identidad, han querido poner nombres a aquellos miles de muertos. En la catedral castrense de Varsovia, una capilla está ornamentada con miles de pequeñas placas en las que se han impreso los nombres de las víctimas de Katyn.

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Placas conmemorativas con los nombres de polacos masacrados en Katyn en 1940

Además, desde 2010, Katyn se une a otra tragedia de la historia polaca. el 10 de abril, un avión que se dirigía a conmemorar el 70º aniversario de las muertes de Katyn, y homenajear a sus muertos, se estrellaba en el cuarto intento fallido de tomar tierra. El vuelo iba repleto de personalidades y de familiares de oficiales polacos fusilados que acudían a Smolensk, pero además viajaba el presidente Lech Kaczynski con su mujer,  casi todo su gabinete presidencial y los principales jefes del Ejército del país. Muchas dudas surgieron entonces acerca de los motivos del accidente. Hoy, muchos afirman que fue un cúmulo de negligencias el que provocó el desastre. Katyn es un nombre de sangre, llanto y orfandad.

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Monumento homenaje a los muertos en el accidente aéreo de 2010. A la izquierda puede leerse en nombre de Ryszard Kaczorowski, el último presidente polaco antes de la Segunda Guerra Mundial, que también falleció en el accidente, lo mismo que el entonces presidente Kaczynski

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