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Una mirada a Van Gogh en su casa

Violeta Alustiza

Sólo de cerca se puede apreciar la variedad de color, la delicadeza de la pincelada, el espesor de la capa de pintura. Sólo de lejos vemos como esas millones de pinceladas convergen para formar un todo armónico, infinitamente mayor que la suma de ellas

Ámsterdam es famosa entre los turistas más jóvenes por su Barrio Rojo.  Pero aunque en la mañana las huellas de lo que fue para muchos una noche cargada de excesos dominan el escenario de “De Wallen”, afortunadamente basta con alejarse un par de cuadras para encontrar una realidad muy diferente.

A medida que uno avanza entre canales, bicicletas y angostas fachadas de los siglos XVII y XVIII la mente se va purificando, y después de unos treinta minutos de caminata aparece imponente el Rijksmuseum y la purificación es total. Acá se respira otro aire.

Pasar por debajo del arco que el Museo Nacional tiene justo en el centro es como entrar a otro mundo. Bien temprano en la mañana el cartel de “I amsterdam” no está  aún plagado de turistas, e inmediatamente detrás de él un estanque con pequeños canteros de flores coloridas abre paso a la museumplein. Y ya no es aire lo que se respira en esta plaza, es arte. Alrededor de ella, al Rijksmuseum se suman el Stedelilijk y el Van Gogh, que junto al mencionado estanque y los árboles de flores rosas y blancas hacen de la plaza un rincón especial, que inunda de paz y queda grabado en la retina. Pero hay que seguir, todavía falta entrar al museo del gran pintor neerlandés.

La brevedad de mi estadía en la capital de los Países Bajos me obliga a elegir y si bien el recientemente restaurado Museo Nacional es de visita obligada, mi natural inclinación hacia Van Gogh me lleva a optar por visitar su museo. Sé que peco de turista vulgar al no entrar al Rijksmuseum, pero por el momento no dejo que este defecto manche mi visita al Museo Van Gogh.

La muestra empieza en la planta baja con un pantallazo general de toda su obra acompañado de algunas piezas de pintores contemporáneos a él, o en los cuales se inspiró. Además de  introducirnos en su época de pintor de campesinos, vemos uno de sus más famosos autorretratos, dos de los óleos  que sus grandes amigos Bernard y Gauguin le dedicaron -en los cuales cada uno hace un autorretrato acompañado por el retrato del otro- y obras de artistas como Breton o Monet, las cuales le sirvieron de inspiración en diferentes momentos de su vida. De esta manera en una única sala conocemos al pintor en sus diferentes etapas y subimos a la primera planta con ganas de sumergirnos y detenernos en cada una de ellas.

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Van Gogh decide dedicarse a pintar en 1880, a los 27 años. En sus primeras obras no encontramos indicios de  las genialidades que saldrían de ese mismo pincel. Las pinturas de los tiempos en los cuales el marrón dominaba su paleta llegan a su punto máximo en “Los campesinos comiendo patatas”, obra que no fue tan recibida como esperaba y que a los inexpertos, acostumbrados a ver las pinceladas coloridas del genio, nos sabe a poco. En las primeras salas parece que nos hubiéramos equivocado de museo, lo cual lejos de ser decepcionante aumenta el impacto al llegar a sus obras maestras; el contraste es enorme.

No sería hasta 1886, cuando se traslada a París, que cambiaría su forma de pintar y emprendería el camino hacia su estilo propio. Allí, viviendo en Montmartre con su hermano Theo, conoce el impresionismo, el puntillismo, y los grabados japoneses, con los cuales experimenta en su transición hacia la pintura moderna, abarcando múltiples temas y técnicas. La pincelada se acorta, los campos ceden lugar a otros paisajes más coloridos, y los duros, algo caricaturescos retratos de campesinos, son reemplazados principalmente por autorretratos. De este momento cabe destacar -además de sus muchos autorretratos- el cambio en el uso de la luz y la aparición del color; ya comenzaba por entonces a jugar con los complementarios. Me atrapa especialmente “Jardín con amantes en Montmartre”, una de sus pinturas de mayor tamaño, de un puntillismo minucioso, y en la cual nos vemos obligados a detenernos un largo rato. Sólo de cerca se puede apreciar la variedad de color, la delicadeza de la pincelada, el espesor de la capa de pintura. Sólo de lejos vemos como esas millones de pinceladas convergen para formar un todo armónico, infinitamente mayor que la suma de ellas. A partir de acá será cada vez más difícil abandonar una pintura y pasar a la siguiente, nos estamos acercando al auténtico Van Gogh.

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En 1888, cansado de París, Vincent decide instalarse en Arles, ciudad de la provincia francesa de Provenza. Además de  sus famosos “Girasoles” y “La Habitación”, su estadía en el sur de Francia nos deja una deliciosa colección de paisajes primaverales. De estas obras maestras, fruto de largas horas al aire libre, me detengo especialmente en “Melocotonero en flor”.  Lo que primero que llama la atención es que en un cuadro titulado en inglés “The pink peach tree”, el rosa brille por su ausencia. Sucede que el pigmento rojo que uso Van Gogh en esta y varias otras pinturas, con el tiempo se decolora hasta llegar incluso a desaparecer. El pintor estaba enamorado del color y empecinado en cautivar al ojo entrelazando pinceladas de colores complementarios, sin saber que con el paso de los años sus rojos lo traicionarían, sus rosas quedarían reducidos a blancos y sus violetas a azules. Sin embargo pese a que este cuadro mermó significativamente en colorido, en absoluto lo hizo en belleza.

A fines de 1888 luego de amenazar a Gauguin con una navaja durante un episodio psicótico  y cortarse, como todos sabemos, un trozo de su propia oreja, es internado primero en un hospital en Arles y luego en instituto psicológico en Saint-Rémy. Y aquí obtenemos asombrosas imágenes de los paisajes que Van Gogh ve a través de la ventana del hospital, pero vemos también lo que alguien que crea naturalmente al aire libre es capaz de hacer cuando se ve obligado a permanecer dentro. Al verse por momentos despojado de sus paisajes, el pintor decide crear sus propias versiones de las grandes obras de sus maestros. De no haber sido así, jamás habríamos tenido una “Pietà” de Van Gogh, ya que pese a haber vivido una etapa de intensa religiosidad antes de convertirse en pintor e incluso haberse dedicado de lleno a la evangelización, la religión fue un tema que en sus pinturas no tocó más que tangencialmente. Basa su “Pietà” en la de Delacroix, pero impregnándola de su propio estilo. Destacan en esta obra el manejo de la luz y el parecido entre las facciones de Jesús y las del propio Van Gogh. Resulta extraño y profundamente conmovedor ver esta escena, tantas veces reproducida en el mundo del arte, recreada en un estilo al cual le es ajena, y del cual estamos acostumbrados a recibir paisajes.

La teoría que asocia locura y genialidad podría bien aplicarse al caso de Van Gogh, ya que durante su estadía en Saint-Rémy, entre ataques intermitentes, no deja nunca de pintar obras maestras. Desgraciadamente su “Noche estrellada” no se encuentra en este museo, pero pese a haber pasado ya muchos años desde que pude disfrutarla, doy fe de que este pequeño óleo tiene un encanto especial, es de esas obras que uno jamás se cansa de ver. Sí se encuentra en estas salas “Almendro el flor”, obra dedicada a su sobrino, llamado Vincent en su honor. Van Gogh reproduce en esta ocasión uno de sus temas favoritos, los árboles frutales en  flor, pintando en este caso las ramas del almendro en un primer plano, ocupando casi la totalidad del espacio y acompañadas de un fondo celeste que parece ser un cielo. Como sea, logra maravillosamente representar la inocencia y la esperanza de una nueva vida, en un cuadro lleno de paz y dulzura.

trigocon cuervos

En 1890 el gran pintor se muda a Auvers, cerca de París y por lo tanto, de su querido hermano Theo. Sería en un campo de esta localidad donde, luego de pasar dos meses, Van Gogh se dispararía con un revólver y acabaría con su vida. Sin embargo en ese breve tiempo pinta más de 80 cuadros. El que más llama mi atención es sin duda “Campo de trigo con cuervos”. Si bien se desconoce qué es lo que el pintor ha querido transmitir con esta pintura, los cuervos y la tormenta no pueden ser un buen augurio, y cuesta no relacionar la obra con su triste final. Ya nada queda de la paz que transmitían sus almendros, tan solo unos meses atrás. La obra transmite soledad, inseguridad, da una sensación desagradable de peligro inminente.

En las ultimas salas accedemos a centros interactivos donde podemos apreciar las diferentes técnicas que utilizo Van Gogh, las modificaciones que han sufrido sus cuadros con el paso de las años, los materiales con los cuales trabajaba. El museo en su totalidad me parece un justo homenaje a un genio que además de talentoso era un trabajador tenaz. Los desconocedores tendemos a asumir que las pinceladas fluyen con naturalidad, e ignoramos el arduo trabajo que hay detrás de cada cuadro. Van Gogh admiraba a Gauguin por su simplicidad, durante toda su vida busca pintar de forma que “todo aquel que tenga ojos pueda entenderlo”, y efectivamente lo logra. Es un pintor accesible para un público inexperto, ni los ojos de aquellos que no tienen el amor por el arte inscrito en los genes pueden resistirse a las obras del gran Vincent.

Salgo del museo, después de más de tres horas, inundada de color. Ni las bicicletas que tengo que esquivar ni la lluvia me quitan la agradable sensación que me dejó el pintor neerlandés. Busco y encuentro un café donde repasar mentalmente la obra del genio, pido un chocolate y voy recuperando el calor. Después de todo, los canales de Ámsterdam serán una verdadera belleza, pero no son tan acogedores como el sol de Madrid. Mucho menos que el verano con jazmines que dejé atrás en Argentina.

Violeta Alustiza estudia en la Universidad Católica de Argentina. Actualmente realiza una estancia internacional en la USP CEU

“UN HORIZONTE INFINITO”: Segunda promoción de Graduados CEU Historia e Historia del Arte

Nosotros hoy, de igual forma, afrontamos el futuro, que como la Capilla Sixtina hace 506 años, se encuentra en blanco a la espera de que dibujemos en él todos nuestros proyectos, de que plasmemos todo nuestro talento,  en definitiva, de que imprimamos el legado de nuestra obra para el futuro. 

El pasado 10 de mayo, fue un día especial para estudiantes y profesores de los Grados de Historia e Historia del Arte de la Universidad CEU San Pablo. Se celebró el acto de Graduación de los estudiantes de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad CEU San Pablo 2013-2014

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Todos los recién graduados de Historia e Historia del Arte, recibiendo sus diplomas y sus becas. De izda. a dcha: Ana L. , Álvaro , Carlos, Javier G., Guiomar, Javier A., Irene, Juanra, Almudena, Natalia, Gloria

La intervención de Javier Amate, durante el acto de graduación, en representación de todos sus compañeros  de Historia, Historia del Arte y Humanidades, es la mejor muestra de la excelente preparación de un grupo de estudiantes que  en unas semanas se habrán convertido en grandes profesionales.

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Noelia Fernández y Javier Amate representaron con brillantes discursos a sus compañeros de promoción

“Queridas familias, estimados profesores, amigos todos que nos acompañáis en este momento tan significativo de nuestra vida. Un día 10 de mayo como el de hoy, el inmortal Miguel Ángel Buonarrotti comenzaba a pintar los frescos de la Capilla Sixtina. Pese a toda su genialidad, el pintor no imaginaba que acababa de empezar una de las obras cumbres del arte universal. Confiaba en su talento, en la minuciosa preparación que había hecho elaborando con sumo cuidado cada uno de los dibujos, de las composiciones, de los colores, en definitiva, de todo lo que iba a ser su trabajo.

Nosotros hoy, de igual forma, afrontamos el futuro, que como la Capilla Sixtina hace 506 años, se encuentra en blanco a la espera de que dibujemos en él todos nuestros proyectos, de que plasmemos todo nuestro talento,  en definitiva, de que imprimamos el legado de nuestra obra para el futuro.

Ante nosotros se abre un horizonte infinito, lleno de posibilidades y puntos de encuentro que somos incapaces de imaginar. Es verdad que tanta inmensidad suscita de forma inevitable el miedo a la incertidumbre, al qué será de nosotros, y más en una situación tan difícil como la que hoy toca vivir a tantos y tantos jóvenes. No obstante ¿Debemos de pararnos por eso? ¿Qué hemos de temer?  Aquel que nos ha dado a nuestras familias y todas las cosas buenas, el que nos ha colocado en esta universidad estos años ¿se va a olvidar acaso de nosotros y de nuestro futuro sonada la hora de zarpar? Tengamos confianza porque el futuro es nuestro y cada instante nos es regalado para cumplir la vocación a la que somos llamados.

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Nuestros flamantes graduados …

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… y las graduadas de la II Promoción

Al igual que nuestros antepasados, hoy nos aventuramos en lo desconocido. Pero estamos tranquilos, nuestros barcos son sólidos. Estos años en la Universidad han sido de preparación intensa. Mis compañeros y yo hemos llenado nuestras mentes de conocimientos, hemos hecho experiencia en la búsqueda del saber y hemos dado rienda suelta a nuestras inquietudes acompañados de muchos profesores.Hemos encontrando en el camino grandes maestros, referentes cuyo consejo y estela han de guiarnos de alguna forma toda la vida. 

Pero sin duda, lo más grande que nos llevamos de estos años es que vosotros, maestros y familias que hoy nos acompañáis, habéis soplado a nuestras velas el viento que como humanistas nos mueve: el verdadero interés por el hombre. A lo largo de estos años hemos estudiado historia, literatura, arte, filosofía, pensamiento político… pero todo nos habla de lo mismo: del hombre. Y si hay algo fundamental que aquí hemos aprendido es que la comprensión del ser humano no se limita al estudio de las circunstancias en que vivió o a las obras que dejó, sino que nace del interés real por las personas concretas. El interés por aquellos que nos precedieron y por aquellos que van apareciendo en nuestras vidas. Como decía Terencio: soy hombre, nada de lo que es humano me es indiferente.

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NAtalia, Guiomar, Almudena e Irene. ¡Felices!

Y es que nada hay más satisfactorio para un humanista, para un hombre, que descubrir y reconocer que el corazón del otro está hecho para lo mismo que el mío, que busca y desea lo mismo que el mío. Cuando esto se pierde de vista, es cuando el hombre se convierte en un verdadero lobo para el hombre, cuando el estudio de las humanidades se pervierte y sólo responde a intereses vanos y personales. El dejar de reconocer en el otro a un verdadero semejante nos lleva a situaciones tan desastrosas como la I Guerra Mundial cuyo centenario conmemoramos este año.

todos riendo

El “photocall” montado por onceu fue el momento para disfrutar divertidos momentos después de la ceremonia

Por tanto, sólo desde este punto de partida cobran verdadero sentido nuestros estudios de humanidades, y sólo partiendo de este punto podremos construir juntos el futuro. Tomemos conciencia igual que Miguel Ángel antes de empezar su obra, y salgamos de aquí pidiendo vivir nuestra vocación con esta tensión. Pidamos también vivir confiados en la victoria, ya que nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo, y nosotros, igual que San Pablo queremos caminar confiados en que todo lo podremos en Aquel que nos conforta.”

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Javier Amate Expósito estudia 4º curso de Historia y de Historia del Arte en la Universidad CEU San Pablo

Todo el acto fue cubierto por los alumnos de onceu, que hicieron un magnífico trabajo. Puedes ver un resumen en el siguiente enlace:

https://www.youtube.com/watch?v=S4pTbO8AmQU

 

Adios a Blas de Lezo. Dos miradas a una exposición

Ayer se celebraban en Colombia elecciones legislativas. El país sudamericano irrumpe de nuevo en nuestras noticias. Pero para nosotros, este país esta unido a un nombre, cuya vigencia en la historia va mucho más allá que el de coyunturales autoridades legislativas.

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“Blas de Lezo. El valor de Mediohombre”

Hace una semana terminó la exposición que el Museo Naval dedicó a Blas de Lezo. Nosotros queremos recordarla a través de dos miradas diferentes. Ana Calvo y Antonio Miguel Jiménez son alumnos de 3º de Historia. De manera muy personal cada uno evoca la exposición.

 

EL HOMBRE (por Ana Calvo Aguilar)

Lo que defiende a las plazas públicas no son las murallas sino la gente de guerra”, esta frase del Duque de Alba resucita hoy para ilustrar uno de los muros de la exposición, que el Museo Naval ha preparado para rendir homenaje a uno de los marinos más ilustres de la historia española, D. Blas de Lezo. Esta frase retrata el carácter de un hombre que supo defender con lealtad no sólo una ciudad, sino a la Armada de su Rey y a los intereses de su Patria, muchas veces por encima de los suyos propios.

A través de 92 piezas y para el orgullo de todos los españoles, el Museo Naval de Madrid ha recuperado la figura de este marino. Aunque finalizó el pasado 3 de marzo muchos de los que hemos pasado por sus salas hemos podido cobrar conciencia de los grandes personajes que esconde nuestra Historia. Piezas del patrimonio de la Armada, otras de museos, archivos e instituciones españolas como el Museo del Prado, la Biblioteca Nacional Española o el Real Jardín Botánico y otras venidas del Museo de Bogotá (Colombia) y de dos colecciones particulares. Precisamente en Colombia, Blas de Lezo es considerado un héroe nacional que supo defender su patria frente al invasor extranjero.

Blas de Lezo y Olavarrieta (Pasajes, 1687- Cartagena de Indias 1741) fue un vasco al servicio de España y de la Armada del primer borbón, Felipe V. Su gran victoria y el reconocimiento actual se debe, además de a sus múltiples virtudes personales y profesionales, a la defensa de la ciudad de Cartagena de Indias, la “llave de América”, del ataque anfibio por parte del Imperio Británico. No sólo venció a una flota muy superior a la española sino que evitó que España perdiera en el siglo XVIII sus posesiones americanas, logrando, como nos recuerda una de las comisarias de la exposición, Mariola Beltrán García-Echániz, que figuras como  Gabriel García Márquez hablen español.

Blas de Lezo fue conocido por sus contemporáneos con el sobrenombre de “Mediohombre”, ya que quedó manco, cojo y tuerto a los veinticinco años de edad, lesiones todas causadas en batalla. El Museo Naval con su homenaje a Blas de Lezo, nos recuerda que más que un “mediohombre” fue un “hombre y medio” que supo vencer la adversidad, luchar con sus discapacidades y que con gran conocimiento y coraje logró la mayor derrota naval sufrida por Inglaterra en el Siglo XVIII. En 1741 logró una hazaña histórica, al derrotar a 200 navíos ingleses con tan sólo 6 barcos, victoria que con asombrosa humildad achacó a la misericordia de Dios y no a su valentía y a sus conocimientos tácticos.

Educado en Francia, de una familia tradicionalmente marinera, ingresó en el ejército con quince años. Ascendió a Teniente de Navío y fue destinado a Tolón dónde combatió perdiendo el ojo izquierdo. Su cuerpo maltrecho no estaba hecho para la vida de corte como él mismo decía. En el año 1737 llegó a Cartagena de Indias como comandante general encargado de defender el paso del oro y la plata.

En esa época, como bien ilustraba con gran rigor el audiovisual ofrecido por la exposición, Inglaterra había armado la mayor flota de la historia para intentar apoderarse de este enclave estratégico, que representaba la llave para el dominio del Caribe. La proporción era de un combatiente español por cada diez ingleses y pese a todo pronóstico, sobre todo inglés que ya habían mandado acuñar moneda conmemorativa de su victoria y después de 67 días de asedio los ingleses se vieron reducidos y resignados a su derrota.

La determinación y voluntad de este gran personaje, nos ha recordado con gran acierto en el proyecto expositivo a los jóvenes de hoy valores un tanto olvidados como la lealtad, el sentido del deber, el patriotismo, pero sobretodo la lucha constante contra las adversidades aún con dificultades físicas. Así rindió homenaje el Museo Naval para que no se pierda en la memoria colectiva a D. Blas de Lezo, el valor de “mediohombre”.

Ana Calvo Aguilar. 3º Historia e Historia del Arte. USP CEU

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LA EXPOSICIÓN (por Antonio M. Jiménez)

Hasta este lunes 3 de marzo hemos podido disfrutar en el Museo Naval de la exposición “Blas de Lezo, el valor de Mediohombre”. Y no podría haber tenido lugar en mejor sitio, pues es importante señalar que la exposición a cerca del almirante guipuzcoano y héroe español fue situada de tal manera que quien asistía a la misma podía hacer primero un recorrido por toda la historia de la Armada española a través de la colección fija del Museo: los grandes hechos, como el Descubrimiento de América o la vuelta al mundo, las grandes naumaquias, como Lepanto o Las Dunas y los grandes personajes de la mar, como Álvaro de Bazán, Jorge Juan o Churruca. En un largo recorrido se expone la historia más gloriosa de España a través de las embarcaciones y armamentos de los marinos españoles, quedando siempre de trasfondo lo importantísima que fue para la Monarquía Hispánica entre los siglos XV y XIX la política ultramarina, tanto en el Mediterráneo primero como en el Atlántico y Pacífico después. Se muestran, así, maquetas, planos, mapas, culebrinas y falcones, espadas y rodelas, arcabuces, mosquetes y trabucos, garfios y sogas, y otros muchos elementos que nos introducen de lleno en una de las galeras de Juan de Austria en Lepanto, en un galeón cargado de oro americano rumbo al puerto de Palos o en un navío de línea que lanza constantes andanadas de fuego contra una fragata holandesa.

Es así que, al llegar a la sala del Museo predispuesta para centrarnos en la historia y figura del gran Blas de Lezo, se llega con un recién adquirido bagaje naval para los inexpertos, y un refresco para los veteranos, ideal para entender qué ocurrió en aquel momento histórico que protagonizó nuestro gran marino. La exposición, así, comienza con la Guerra de Sucesión española entre el archiduque Carlos y Felipe de Anjou, respectivos candidatos al trono español por parte de las casas de Austria y Borbón, las más poderosas de Europa en los siglos XVII y XVIII, además de las batallas navales más importantes de la primera mitad de éste siglo, donde hay que añadir la conquista de Orán y, especialmente, la Guerra del Asiento, conflictos todos en los que participó el Almirante Patapalo. Tras ello se pasaba a mostrar aspectos de la sociedad de inicios de siglo bajo el reinado de Felipe V, destacándose un importante hecho y resultado del tratado de Utrecht: la ruptura del monopolio comercial que España había ostentado en sus dominios americanos, a través del asiento de negros y el navío de permiso. Pero ambas concesiones comerciales tenían una serie de condiciones que fueron constantemente incumplidas por los contrabandistas británicos casi desde el principio, como contaba el vídeo instalado en la exposición, que junto con un resumido y conciso panel explicaba las razones que ocasionaron la llamada Guerra del Asiento o Guerra de la Oreja de Jenkins, como la conocieron los súbditos de Jorge II.

Por último, destaca la detallada explicación que el recurso audiovisual ofrecía en lo que a la última campaña inglesa en el Caribe se refiere, no sin antes ofrecer un resumen de la intensa vida en la mar de Blas de Lezo, además de sus famosas heridas que le valieron más de un apodo, hasta convertirse en Teniente General de la Armada y defender magistralmente en el virreinato de Nueva Granada la población de Cartagena de Indias de los ingleses, que por orden del almirante británico Edward Vernon, a instancias del primer ministro Walpole, habían atacado y destruido Portobelo, y planeaban hacer lo mismo con Cartagena de Indias, y poder, así, dar rienda suelta a los contrabandistas al servicio de su majestad, el rey Jorge II. Además, el gran mapa situado junto a la sala audiovisual, y el cañón y la indumentaria del admirable Blas de Lezo que lo acompañaban, ponían el broche de realismo y “práctica” a la parte del vídeo en que se explicaban las acciones de los británicos a los fuertes de San Luis de Bocachica y el castillo de Bocagrande, añadiendo el intento de asalto a San Felipe y el contraataque de Lezo que desbarató por completo a los británicos, siendo luego perseguidos por éste hasta la bocana del puerto.

La exposición concluye, de forma magistral, con el imborrable recuerdo dejado por este gran almirante y mejor hombre a través de su onomástica, pues en la Real Armada Española siempre un buque lleva su nombre, siendo el último testigo de ellos la fragata “Blas de Lezo”, de la clase Álvaro de Bazán. Cabe destacar, también, la placa conmemorativa en el Panteón de Marinos Ilustres de san Fernando, en Cádiz, donde su nombre, ya inmortal, tiene una más que merecida presencia. Esta exposición no sólo ha mostrado la ilusión e interés que transmite la historia naval española, riquísima a la par que genial, sino que nos pone de manifiesto el comportamiento ejemplar de un hombre que hizo lo que debía desde el principio hasta el final, desde un guardiamarina de doce años a un teniente general de treinta y siete, cubierto de las marcas ocasionadas por una vida de guerra y servicio.

 

Antonio Miguel Jiménez Serrano. 3º de Historia en la USP CEU

2 de enero, concluye la recuperación de España

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María Saavedra Inaraja

Profesora de Historia. Universidad CEU San Pablo

 

Hoy conmemoramos que hace 521 años los Reyes Católicos entraban en la ciudad de Granada, capital del reino nazarí y último reducto oficial del Islám en la Península Ibérica.

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Cerca de ocho siglos antes, el reino visigodo de España fue atacado, invadido y ocupado por los musulmanes procedentes del norte de África, apoyados por una de las facciones de la lucha interna que se desarrollaba en España. Primero fueron los moros africanos, pero después seguirían diferentes pueblos islámicos, hasta que se llegó a constituir un emirato y después un califato independiente, lejanos ya los días de Ibn Muza y Tarik.

Los visigodos, al igual que otros reinos de los comúnmente llamados “germánicos”, habían creado institucionalmente un reino en el solar peninsular una vez que la Roma de Occidente se desintegró y el poder imperial daba paso a los poderes locales.

Nadie duda de la antigüedad del reino franco, y sin embargo no todos tienen claro que existió un reino español que el año 711 desaparecía bajo la presión musulmana y las divisiones internas. Pero existió: una cultura, un derecho, un rey (primus inter pares, como en el resto de los reinos medievales), y todos los elementos necesarios para considerar la existencia previa de un estado anterior a la etapa islámica.

Pronto surgieron núcleos de resistencia que se  fueron transformando en focos de reconquista desde el norte de la Península. En algunos momentos la reconquista militar avanzaba con fuerza acompañada de su proceso de repoblación. Mucho tuvieron que ver en este proceso las órdenes militares de creación española (porque España existía en esos focos que recibían los nombres de los territorios que asumían la iniciativa reconquistadora: Castilla, León, Aragón… serán “las Españas” que integrarán la monarquía de los Reyes Católicos).

Otros momentos ciertamente fueron testigos de una proceso militar algo tibio, roto por hitos de excepción, como las Navas de Tolosa (1212), o la Batalla del río Salado (1340), donde combatió el último rey Alfonso anterior a nuestra Historia contemporánea. Igualmente cabría destacar actuaciones heroicas en la defensa de España (Castilla, pero España al fin y al cabo) como la de Guzmán el Bueno en la defensa de Tarifa, precursor de los grandes militares que España tendría en los siglos posteriores: Gonzalo de Córdoba, Juan de Austria, Fernando Álvarez de Toledo, Alejandro Farnesio, y tantos otros que lucharon por su rey en territorio peninsular y en los campos de batalla europeos.

En el siglo XV España parecía querer terminar de resurgir de una compleja y fragmentada historia de ocho siglos. La reforma eclesiástica iniciada por Juan II, adelantándose casi un siglo a Lutero, y sin  dejarse arrastrar por la tentación de una ruptura con Roma; las navegaciones intrépidas de los marinos andaluces por el Mediterráneo y el Atlántico donde las islas Canarias servirían de experiencia para la gesta americana; no faltaron las luchas y divisiones internas que en ocasiones hicieron de los reyes verdaderos muñecos en manos de las grandes familias nobiliarias.

Pero el despertar definitivo llegó con el matrimonio de dos jóvenes príncipes: Isabel de Castilla y Fernando de Aragón unían sus vidas en vínculo sacramental el año de 1469. Una boda que no estuvo exenta de dificultades y elementos algo aventureros. Pero que suponía el inicio de  la consumación de la unidad nacional.

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Tras superar una guerra civil en Castilla que cuestionaba la legitimidad de Isabel, ambos príncipes asumían la corona real en sus respectivos reinos de Castilla y Aragón . La unión matrimonial había sido concebida por los jóvenes príncipes como el inicio del camino hacia la reunificación de una nación que remontaba sus orígenes al siglo VI, cuando Leovigildo acabó con la presencia del reino suevo, Recaredo renunciaba a la versión arriana del cristianismo y ponía el trono y el pueblo bajo la fe católica y, algo más tarde, Chindasvinto y Recesvinto consumaban la unificación jurídica con el Libro de los Jueces (654).

El proyecto de los Reyes Católicos pasó por diversas etapas, y uno de los hitos más importantes es el que hoy conmemoramos. Isabel tenía claro que, como reina de Castilla, debía culminar el proceso reconquistador de sus antepasados. Y así, posterga toda acción política a la rendición del reino islámico de Granada, que se había consentido por constituir una fuente de ingresos para la corona castellana, en su papel de reino tributario. Pero Isabel prefería prescindir de las ventajas económicas que esa situación generaba, y devolver la identidad hispánica y católica a todos los territorios que antaño formaron parte del reino visigodo.

Para demostrar el empeño de la reina en su campaña granadina no nos hace falta recurrir a leyendas tan gráficas como falsas, tal es el caso de la famosa camisa que supuestamente decidió no reponer mientras quedara una ciudad del reino en manos islámicas. Nos basta saber de la construcción de Santa Fe, ciudad que quiso simbolizar en la vega de Granada que los ejércitos españoles no se retirarían hasta que las llaves de la ciudad le fueran entregadas. Santa Fe, esa ciudad de adobe, el el símbolo de la tenacidad, además de constituir el primer hospital de campaña de nuestra historia, y ser la base de operaciones donde se ensayan las formas de los ejércitos modernos. Y poco más tarde, sería escenario de las capitulaciones que abrían el paso de España a América.

Y así, el dos de enero del año de 1492, pleno de sucesos que marcarán decisivamente la historia posterior de España, los Reyes de las Españas, Isabel y Fernando, entraban en la ciudad de Granada de la que tomaron posesión, finalizando así la centenaria presencia del Islám en la Península. Esta realidad cobra toda su fuerza si volvemos los ojos a lo que sucedía en ese momento en el otro extremo de esa Europa que fue denominada La Cristiandad: en 1453 los turcos otomanos habían tomado la ciudad de Constantinopla y penetraban hacia el corazón de Europa. La situación de una tenaza amenazante sobre la Europa cristiana fue conjurada al menos en su extremo occidental con la recuperación para el cristianismo del reino nazarí.

A partir de ahí, los Reyes Católicos podrán continuar con su proyecto nacional, y se encontrarán incluso con retos nunca soñados. Un marino de misterioso origen deambula desde 1485 por la corte castellana tocando puertas a la espera de que los reyes aprueben un plan algo fantástico consistente en alcanzar las Indias navegando “contra poniente”. Llegaba la hora colombina… pero esto es otra historia.

 

 

 

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