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Museo de América: Pachamana, los apus y los “dioses de los blancos”

El ciclo festivo anual de Perú se reproduce en el Museo de América a través de 9 exposiciones temporales dedicadas a las principales fiestas tradicionales del Perú, coincidiendo con las fechas de celebración de las mismas.

PUQLLAY – La Fiesta de la carne (18 de febrero – 20 de abril 2014). En los rituales del Puqllay, a través de danzas de parejas y de rituales con animales, se suplica a las divinidades para que proporcionen el bienestar, especialmente al rebaño. Durante la danza de fertilidad, los Ch’uku realizan un baile de cortejo y luchan hasta que uno de los dos tumba a su pareja, venciendo simbólicamente al otro sexo. La exposición fotográfica podrá visitarse hasta el 20 de abril.

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 Ignacio Bolívar Tejedo

A lo largo de todo el siglo XVI, los conquistadores españoles fueron descubriendo un mundo asombroso y totalmente diferente a la Europa de la que procedían. Lo que hallaron fue una amalgama de pueblos variados y culturas paganas. El caso de los Andes y su reciente Imperio Inca no fue una excepción.

Cuando Pizarro llega en 1532 a Perú el panorama no es muy distinto. Tras la conquista, y como ya era natural, se procedió también en el imperio incaico al envío de misioneros con el fin de llevar la fe católica a sus habitantes. Sin embargo, la dificultad del terreno, el aislamiento, la antigua tradición pagana y la falta de misioneros suficientes provocó que durante mucho tiempo el sincretismo religioso fuera la tónica general. Así, se encontraban casos en los que se consideraba a Dios como el mayor de todo el panteón, conservando la creencia en los dioses antiguos. También era frecuente hallar celebraciones litúrgicas mixtas, en las que se hacían ritos al Dios cristiano y a los paganos simultáneamente. Se confundía a los santos con otros dioses (los “dioses de los blancos”) e incluso se seguían realizando rituales puramente paganos en poblaciones ya cristianizadas. A lo largo de los siglos, la creciente presencia española, la mejor organización, el envío constante de misioneros y el desarrollo urbano, comercial y administrativo de la zona ha ido menguando este sincretismo en pro de la fe católica y eliminando paulatinamente los cultos paganos.

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Foto: Museo de América

Sin embargo, aún hoy quedan muchos restos de este sincretismo en toda Hispanoamérica, cuanto más en las zonas más aisladas donde la cultura y el estilo de vida apenas han cambiado desde el siglo XVI. La exposición se centra así en este mundo pseudo-cristiano que aún conserva fuertes retazos de paganismo. En la profunda asepsia de las montañas andinas existen hoy comunidades de ganaderos que habitan poblados a una altura no inferior de 3500 metros sobre el nivel del mar, llegando incluso a los 5000 metros. Esta condición de aislamiento ha frenado en gran medida la acción misionera, que si bien no ha sido escasa, no ha llegado a ser lo suficiente como para que en nuestro presente aún encontremos situaciones parecidas a las que se daban en los siglos XVI y XVII. El museo recoge en esta exposición una serie fotográfica que ilustra este sincretismo a través de las nueve grandes celebraciones que estos pueblos reparten a lo largo del año. Así pues, encontramos fiestas que acogiendo la base y el fundamente cristiano, aún perseveran en tradiciones y cultos paganos como son La Virgen del Carmen y la “Guerrilla”, Santiago Mataindios, San salvador y Todos los Santos. A su vez, también se siguen celebrando festividades puramente paganas como son la Batalla de Chiaraje, el Puqllay, Qoyllurit’i o la fiesta de Yawar.

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Foto: Museo de América

La resistencia de estos cultos al paso del tiempo y a las influencias exógenas permiten hoy a historiadores y antropólogos comprender mejor la sociedad y cultura andina anterior a la Conquista por el método del paralelismo etnográfico. La riqueza en elementos conservados es suficiente para realizar estudios serios. En primer lugar, en el habla cotidiana se han perpetuado muchos términos de lengua incaica que denominan tanto el nombre de las fiestas como la multitud de objetos “litúrgicos” que en ellos se emplean o los nombres de los diferentes rituales. Así pues, muchas de estas festividades paganas o pseudo-cristianas celebran la regeneración del ciclo vital al final del año, ritos de paso o los solsticios estacionales. También a través de ellas se conserva un culto a Pachamana (Madre Tierra) y a los Apus (dioses de las montañas).

En estos festejos se emplea una gran cantidad de objetos tradicionales que proceden directamente de la cultura andina precolombina. El uso del vestuario es muy destacado. Basta conocida es la importancia simbólica y ritual que los textiles tenían en la cultura inca. Aún hoy se emplean ropajes similares, manufacturados con artesanía y heredados con devoción generación tras generación. Tintados naturalmente y tejidos predominantemente con lana de alpaca, ganado tradicional de las montañas. También se emplean instrumentos musicales antiguos alrededor de los cuales pervive un halo de misticismo (fláutas que sólo los hombres pueden tocar por ejemplo).

Perviven ritos y tradiciones muy particulares de culturas andinas. Así, por ejemplo, durante la fiesta del Puqllay se bendicen los ganados para el año venidero purificándolos con agua y perfumes y celebrando un simbólico matrimonio entre reses. Posteriormente se depositan ofrendas sobre un altar de piel y se procede a quemar todo el conjunto. También se ofician ritos de paso como peregrinaciones a las cumbres o luchas entre hombres y mujeres en las que cualquiera de los dos sexos puede resultar vencedor. En estos rituales, se realizan a su vez danzas tradicionales que según algunos antropólogos se inspiran en el cortejo de las alpacas. También se reza a los “cerros” y a los cuatro puntos cardinales.

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Dependiendo de la fiesta y del nivel de cristianización que haya en ella, el lugar de culto varía. Las que tengan un cariz más católico suelen incluir una peregrinación a Cuzco u otra ciudad, si bien una vez allí se practican tradiciones de claro origen pagano sincretizadas con los ritos cristianos. Los festejos más puramente paganos y antiguos quedan reservados a las alturas de las montañas, celebradas a menudo en pleno campo.

En definitiva la exposición cumple su objetivo de acercarnos a un mundo que a pesar de los cuatro siglos de presencia y referencia europea, aún conserva abundantes elementos de exotismo. Retazos culturales que han quedado fosilizados en un mundo rural marcado por el aislamiento y la hostilidad del entorno. Consideramos de justicia a su vez elogiar el espíritu estrictamente científico de la exposición, eludiendo cualquier tipo de reivindicación indigenista que tanto gusta en el país donde se ha desarrollado el estudio. Es por tanto que la exposición, aún siendo escueta tanto en número de piezas como en textos explicativos, resulta útil al que sepa interpretar los datos que dicho estudio aporta con un carácter puramente descriptivo, y a nuestro entender, acertado, pues deja al espectador la labor de interpretación.

Ignacio Bolívar estudia 3º de Historia e Historia del Arte en la USP CEU

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