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El bullying

bullying-1Por escasa memoria que tengamos, ¿quién no recuerda una pelea cuando éramos niños por unos cromos o unas canicas?, o ¿quién no sufrió una pesada broma de algún compañero de colegio de cursos más avanzado que el nuestro? Y, posiblemente, aquel sea hoy uno de nuestros mejores amigos o recordemos con gracia aquellos momentos. Pues bien, eso no es bullying.

El bullying está considerado como la más grave de las conductas antisociales en la escuela después del absentismo, el fraude, la disrupción, el vandalismo o la violencia -de la que tendremos que hablar otro día-. Llamamos bullying -del inglés “bull”, toro-, möbbning o mobbing a la conducta reiterativa de persecución física y/o psicológica que realiza un escolar o grupo de escolares (el bully, agresor/es) contra otro elegido (la víctima), que difícilmente se puede defender, con la intención de producirle molestias o daño, abusando de su superioridad física, social o numérica, de edad o de armamento, sin razón que la justifique, ni beneficio que le reporte, salvo el disfrute por el sufrimiento de la víctima.

(Por favor, lea otra vez esta definición deteniéndose en los términos subrayados).
Estos hechos no son tan infrecuentes o extraños. Mentirían los docentes que presumiera de que en su centro no se ha dado nunca ningún caso de bullying. Según investigaciones , las estadísticas oscilan entre los siguientes porcentajes: han sufrido bullying en alguna ocasión entre el 4,7% y el 10% de los escolares; entre el 3% y el 4% lo sufren una vez por semana; el 4% de las víctimas varones y el 1% de las víctimas femeninas han tenido que seguir un tratamiento; entre el 6% y el 17,3% de los escolares han sido agresores; entre el 1% y el 2% son acosadores una vez por semana; el 80% de los agresores son compañeros de curso de sus víctimas; el 1% han sido víctima y agresores; el 90% de los escolares han sido testigos de una conducta de bullying. De lo que podemos deducir que en cada aula hay al menos una víctima y un agresor, y que la mayoría de los escolares han contemplado alguna acción de bullying. Por suerte o desgracia, como ocurre con toda estadística, estas conclusiones no son fielmente transferibles a la realidad.

Pero, en qué consisten estas conductas bullying o de acoso persistente. Existen distintas formas y matices de maltrato entre escolares. Rosario Ortega, en su trabajo realizado entre 1995 y 1998, encuentra los siguientes porcentajes de bullying: El 53,1% de los casos consistía en poner motes, dejar en ridículo a la víctima o hablar mal de ella; el 31,8% en maltrato físico; el 23,8% en amenazas; el 15,7% en rechazar o aislar socialmente a la víctima y el 4,9% en robarle.

En una investigación más reciente llevada a cabo por el Defensor del Pueblo en el año 2000 se diferencian las siguientes dimensiones: maltrato físico directo (amenazas con armas, pegar) o indirecto (esconder, romper o robar cosas), maltrato verbal directo (insultar, poner motes) o indirecto (hablar mal de la víctima), exclusión social (ignorar a la víctima, no darle participación en actividades de grupo) u otras, como amenazas para intimidarla, chantaje, acoso sexual, siendo las formas más frecuentes las agresiones verbales y la exclusión social, seguidas de las agresiones físicas indirectas, las amenazas para intimidar y las agresiones físicas directas.

Algunos pudieran pensar que estas situaciones se deben dar con más frecuencia fuera del colegio que en su interior; pues, nada más lejos de la realidad, los casos de bullying en el interior del colegio llegan a triplicar los registrados fuera de él, con el agravante de que las víctimas fuera del colegio suelen ser las mismas que las del colegio. Tampoco nos equivoquemos pensando que las situaciones de bullying en el colegio se deben de dar solamente en el patio de recreo; el aula es el lugar donde más casos se dan de insultos, motes, acoso sexual y robos o destrucción de propiedades de la víctima. En el patio de recreo suelen darse otras situaciones, como las agresiones físicas, la exclusión social y las amenazas con armas, aunque esta última suele producirse más frecuentemente fuera del colegio.

La gravedad de estos comportamientos no termina en la gravedad de la conducta en sí, sino que va más allá, dejando secuelas en los sentimientos y en el comportamiento posterior, tanto de las víctimas, como de los agresores y de los espectadores, amén del deterioro que produce en el ambiente escolar y en las relaciones entre padres. La víctima comienza por temer cualquier relación con el centro escolar, provocando motivos que justifiquen su falta a clase, lo que generará un retraso en su aprendizaje; de no resolver positivamente esta situación, la víctima caerá progresivamente en un estado de tristeza y depresión crónica, debido a su sensación de impotencia, llegando en algunos casos al suicidio .

De adultos sufren de desajustes emocionales, evolucionando en algunos casos a esquizofrenia. Si a los agresores no se les corrige a tiempo su tendencia a relacionarse con sus iguales mediante la fuerza y la imposición, irán reforzando progresivamente su sentimiento de superioridad y de poder, hasta el extremo de que no sepan relacionarse con los otros de otra manera, convirtiéndose en auténticos psicópatas.

Olweus registra hasta un 60% de sentencias por actos violentos en adultos de 24 años que habían sido agresores entre sus 12 y 15 años. A pesar de que la mayoría de los espectadores de bullying lo consideran conductas reprobables, pero no intervienen por miedo a los agresores, otros asisten al acto con entusiasmo y aprobación. Ambas posturas refuerzan la del agresor y aumenta la sensación de indefensión de la víctima. Si estas situaciones no se resuelven positiva y públicamente, los espectadores terminarán aprendiendo que la violencia y la extorsión son modelos válidos de relación con los demás.

¿Tienen las víctimas algún perfil determinado por el que son elegidas por sus agresores? No hay dos víctimas iguales, como tampoco hay dos agresores iguales; no obstante, si preguntamos a los agresores por qué motivos han elegido a su victima, suelen argumentar algún rasgo físico, como la gordura, el hecho de usar gafas, alguna discapacidad, el color de la piel o el del pelo o simplemente porque le ha mirado mal. Excusas más que razones. Una de las auténticas razones es la menor fuerza física de la víctima. Suelen ser sujetos que no aprueban la violencia, más tranquilos, sensibles y prudentes que la media, aunque también son más ansiosos, inseguros, con más baja autoestima, con mayor sentimiento de culpa y de fracaso, con dificultades de aprendizaje y menor rendimiento académico, lo que no sabemos si esto es causa o consecuencia del acoso que sufren.

Es habitual que sean sujetos con pocas habilidades sociales, a los que les cuesta trabajo hacer amigos, lo que les sitúa en una posición de mayor indefensión. No quiero ni tengo espacio para profundizar en cuál ha sido el papel de los padres en la educación de estos hijos, solamente apuntar el posible proteccionismo que han convertido al chico en un ser poco sociable e indefenso, diana fácil de agresión.
¿Y los agresores?, ¿tienen algunas características diferenciadoras? Ya hemos dicho que no hay dos iguales, pero sí podemos señalar algunos rasgos comunes, sobre todo, entre chicos: la fuerza física y la belicosidad, que también suelen manifestarla con el resto de sus compañeros, amigos, hermanos e incluso con sus profesores y padres; son sujetos con alto grado de hostilidad hacia el entorno, mal integrados al ambiente escolar, con bajo rendimiento académico, con un cociente intelectual y unas habilidades lectoras inferiores a la media, que puntúan alto en impulsividad, dominancia y neuroticismo , que no suelen ser respetuosos con las normas, que protagonizan muchas conductas disruptivas en el aula y que se introducen pronto en el consumo de estimulantes, no son sujetos muy populares, pero sí más populares que sus víctimas y, además, cuentan siempre con un grupito de seguidores.

No he encontrado en las lecturas realizadas un rasgo que considero que comparten con bastante frecuencia los agresores, me refiero a su gesto y sentimientos de prepotencia, posible mecanismo de defensa que oculta algún complejo de inferioridad, que se entiende fácilmente después de entrevistar a sus padres.

¿Qué factores generan estas situaciones? Como se desprende fácilmente de lo expuesto, la personalidad de los intervinientes y su sistema de crianza, sin olvidar el nivel de tolerancia del uso de la agresividad que se permita en el centro escolar. También parece encontrarse una relación entre los protagonistas de bullying y su estrato social; así, mientras las víctimas proceden de cualquier estrato sociocultural económico, los agresores en su mayoría proceden de los estratos más bajos. Curiosamente, tanto víctimas como agresores consideran que sus padres son menos tolerante que la media de padres. También nos llama la atención algunas de las conclusiones que Ricardo Lucena extrae de su investigación (curso 2000-01): Los alumnos que son ayudados por sus padres en sus estudios, no suelen intervenir en casos de bullying, sobre todo como agresores; existe una relación directa entre los centros mal valorados por sus alumnos, el nivel de insatisfacción del profesorado y la tasa de alumnos agresores.

Para terminar, añadir que la mayoría de los casos de bullying se registran entre alumnos varones de E.S.O. y que los casos de bullying entre chicas es menos conocido, no porque se dé con menos frecuencia, sino por utilizar las agresoras técnicas más sibilinas y, posiblemente, por ser las víctimas más sufridas, lo que hace más difícil su detección y estudio.

Rafael Paniagua Zapatero

Categoría: General
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