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Cristianos en la Ciencia

untitledTexto de una charla de Ignacio Sols Lúcia, del 26/2/2014

Si entendemos por contribución del cristianismo a la Ciencia el hecho de que haya nombres cristianos unidos a sus recientes avances –una vez que la Ciencia ha sido puesta ya en marcha por el motor de la historia- la pregunta por esta contribución no tiene mucha profundidad, pues, supuesto el tren en marcha, ya todos pueden subirse a él, independientemente de que sean cristianos o no, y de cuál sea su concepción filosófica del mundo.

El hecho de que encontremos católicos entre los premios Nobel de cualquier Ciencia – no digamos ya si hablamos de cristianos en general-, o entre los medallas Field (el equivalente al premio Nobel en matemática), tan sólo refleja que hay católicos y de que hay cristianos en nuestra sociedad, sin más profundidad que el hecho obvio (no tan obvio para los que no saben ciencia) de que no hay oposición alguna, ningún obstáculo, entre la temática de nuestra investigación y nuestra actitud religiosa.

Más profundidad hay en la pregunta sobre cuáles eran las concepciones del mundo que tenían los hombres que pusieron en marcha el tren de la Ciencia, y también es interesante saber si el cristianismo se ha opuesto a que ese tren marchara, si ha contribuido a que descarrilara el tren (destrucción de la ciencia antigua) o más bien a evitar que descarrilara (conservación de la ciencia y su  renacimiento).

La civilización cristiana no ha puesto en marcha el tren de la Ciencia, si por tal se entiende toda Ciencia. Las matemáticas –nada menos que la reina de las ciencias- fueron puestas en marcha por la antigüedad griega. Hubo matemática china, egipcia y babilónica, pero es exigua en comparación de la monumental obra griega, y sobre todo, los griegos inventan la demostración, quintaesencia de la matemática. Con todo, se dio en esas civilizaciones una gestación de este tipo de conocimiento, sin la cual la matemática –tal como hoy la entendemos-  no hubiera podido haber venido a luz en el mundo griego. Sin embargo, no sólo es la civilización cristiana la que da a luz la Ciencia Física –nada menos que nuestro conocimiento matemático de la materia- , en el la obra de Isaac Newton de 1687, “Philosophiae Naturalis Principia Matematica”, sino que es la concepción cristiana del mundo la que conduce a ese alumbramiento, tanto en su gestación medieval como en sus antecedentes inmediatos. Es un converso al cristianismo, el nestoriano Juan Filopón de Alejandría, quien en torno al año 530 inicia la Teoría del Movimiento, que es como la Mecánica se ha llamado durante todo el tiempo de su gestación medieval: rompe con la autoridad del maestro Aristóteles al abandonar la idea pagana de que el mundo supralunar -los astros-  era de sustancia quasidivina e incorruptible, para afirmar que están hechos del mismo material que la Tierra (los cuatro elementos), con la consecuencia de que si entendemos el movimiento aquí en la Tierra, acabaremos entendiendo el movimiento de los astros.

Estudia el “movimiento forzado”:  un cuerpo sigue en movimiento en ausencia de la fuerza que lo impulsó debido a una “virtus impresa” en él (“ímpetu” medieval, “inercia” actual). En cuanto a la caída de graves, lo que el medievo llamará movimiento “natural”, dice que dos cuerpos de muy diferente peso caen aproximadamente en el mismo tiempo. Los árabes retomarán este tema con dos escuelas encontradas: La de Avempace entendía erróneamente que la velocidad se producía en razón de la diferencia del cociente de fuerza y resistencia, que creían era externa, es decir resistencia del medio (Será el dominico segoviano Domingo de Soto quien primero diga que hay resistencia interna, resistencia del propio móvil a moverse, lo que hoy la física llama masa inerte m) Averroes lo entiende correctamente en razón del cociente de fuerza y resistencia (lo que hoy sería f/m).

Estas dos escuelas pasan al mundo cristiano del siglo XIII: San Alberto Magno, y Pedro Gil de Roma, obispo de Bourges,  seguirá la concepción correcta de Averroes;  Santo Tomás, el monje franciscano Roger Bacon y el beato Duns Scotto, la via errada de Avempace. Thomas Browardine, obispo de Canterbury, introduce una vía intermedia en el siglo XIV,  lo que sería log (f/m)=log f –log m en términos actuales (los logaritmos son del siglo XVII) Esta vía errada es causa del avance nulo en este siglo en dinámica, compensado por su impulso en cinemática con la definición de movimiento uniforme, movimiento uniformemente acelerado, velocidad media y con el teorema de la velocidad medi, “teorema” los calculatores del Merton College enuncian y Nicolás de Oresme, obispo de Lisieux demuestra geométricamente (Fue el primero en usar el plano coordinado –longitud y latitud- y representar la gráfica de la velocidad en función del tiempo, para decir que el espacio recorrido es el área encerrada bajo la gráfica, lo que hoy expresamos diciendo que el espacio e es la integral de v dt, y así es como demostró el teorema.

También fue el primero en sumar series, y en explicar, ya en el siglo XIV, que no advirtamos el movimiento diurno de la Tierra debido a que los cuerpos que hay sobre ella participan de su inercia) Tras el impasse debido a la disminución de la población europea tras la peste negra y debido a la guerra de los cien años, es recuperada la teoría del movimiento hasta encontrar en la enseñanza de Domingo de Soto la formulación correcta de la caída de graves como un movimiento uniformemente acelerado en el tiempo, sólo matemáticamente perfecto si sucediese en el vacío, algo que Soto ve como posible. Cuando Galileo Galilei redescubrirá y demostrará experimentalmente esta ley como profesor de matemática de Padua, en 1608, y la dará a conocer en sus” Discursos sobre las dos nuevas Ciencias” de 1637. Aunque no la toma de Domingo de Soto, cuya teoría del movimiento se enseñaba en el Colegio Romano fundado por San Ignacio en 1551, sí es cierto que las notas con que se hizo en una visita al Colegio en 1587 inspiraron que incluyese teoría de movimiento en su enseñanza en Pisa –su formación era más bien matemática-. La posibilidad que le ofreció años después la plaza de armeros de Padua de basar esa teoría en una ingeniosísima experimentación –el impresionante desarrollo medieval de la técnica hizo posible la experimentación en ciencia- proporcionará esa correcta cinemática en la que basará Newton su dinámica: “vi tanto porque me subí a espaldas de gigantes”.      Pero en el alumbramiento de esta teoría confluirá también el descubrimiento de las leyes de los planetas (de hecho, Newton desarolló su mecánica porque había recibido el encargo de Halley de explicar su movimiento) Copérnico, doctor en derecho canónico y canónigo de Frauenburg, recibió el encargo eclesiástico de sentar las bases astronómicas para la reforma del calendario, y para ello supuso que los planetas rotan en torno al sol (por eso, y porque su antiguo amigo el obispo Tiedeman Giese y el cardenal Schönborg le habían animado a publicar esa obra a pesar de sus reticencias, dedica su obra al Papa, Paulo III) Más tarde,  Kepler encontró las leyes de esos movimientos de rotación. Aquí, como he dicho, no sólo importa que Kepler fuera cristiano, sino que buscó esas leyes por el hecho de serlo. Por entender el universo como obra de un Creador inteligente, de cuya inteligencia es la nuestra imagen y semejanza, supuso que había leyes y que el hombre podía encontrarlas. Esto dice en la introducción a su obra y esta era la mentalidad que estaba en los hombres de aquella época que miraban a la naturaleza como un libro escrito por Dios, y escrito con caracteres matemáticos, tal como decía Galileo.

Tampoco hubiera podido Newton haber alumbrado la criatura, haber puesto el tren de la física en marcha, si no se hubiera apoyado también en un desarrollo matemático sin el cual su teoría resulta impensable: el cálculo infinitesimal. No diré aquí que en este desarrollo influyó que fueran cristianos sus autores, pero sí diré que lo eran. La noción de derivada, tal y como hoy se nos define aunque sin ese nombre, es definida por Pierre de Fermat para unificar los métodos de cálculo de máximos y mínimos de Pappus, siglo IV, y del que se cree que era cristiano. Obra traducida por un sacerdote siciliano Maurolico, y por el continuador de su ingente obra, Comandino. Pierre de Fermat fue un piadoso católico que participaba en la “republica de cartas” creada por el P. Mersenne, responsable, pues, indirecto,  de la revolución matemática en Francia en el siglo XVII relación que incluye el nacimiento de la geometría analítica –las coordenadas cartesianas- en los escritos de Fermat y por Descartes, ambos piadosos católicos. Este “primer internet”  consistía en que los matemáticos escribían sus hallazgos al P. Mersenne y éste hacía copias y los enviaba a los demás. Derivación e integración son desarrolladas en paralelo por tres sacerdotes católicos Cavalieri, James Gregory, Gregoire de Saint Vincent, y dos sacerdotes anglicanos –John Wallis e Isaac Barrow- y es llevado a punto de conclusión (descubrir que derivación e integración eran dos operaciones inversas) por dos católicos profundamente religiosos –Blaise Pascal y Evangelista Torricelli. A esta conclusión clave llegan un anglicano y un luterano –Isaac Newton y Gotlieb Leibniz- con obra religiosa el primero y acción ecumenista el segundo (acción que le impidió bautizarse católico). Siguen presentes los cristianos en el desarrollo de este cálculo y de  la mecánica en el siglo siguiente –Euler y Lagrange- aunque también ateos, D’Alambert y Simón de Laplace, el “Newton francés”. También la labor de formalización de cálculo infinitesimal es emprendida por un católico francés, Augustin Cauchy, la cual lleva a su vez a una labor de formalización del análisis en la cual brilla el nombre de un sacerdote –Boltzano- para acabar en una formalización de todas las matemáticas basada en la teoría de los conjuntos Georg Cantor, católico de profunda convicción. Juega un papel importante en la resolución de sus paradojas Bertrand Rusell –buen polemista antireligioso, para que haya de todo. Las limitaciones de esta teoría –la imposibilidad de demostrar su consistencia, su incompletitud y su indecibilidad- serán puestas de manifiesto por un “veterocatólico” (no admiten la infalibilidad del Papa): Kurt Gödel.

   Para poder descender a detalles, he puesto sólo el ejemplo de una teoría científica, la mecánica, la más antigua y paradigmática, pero pueden encontrarse análogos en otras ciencias. Aunque no sea lo normal, teoría hay, como el electromagnetismo, que ha sido desarrollada principalmente por católicos o anglicanos manifiestamente creyentes (Volta, Ampere, Faraday, Maxwell, Herz, Compton y Marconi, inventor de la radio y premio Nobel de Física). Más difícil es encontrar clérigos dedicados a la ciencia en épocas recientes, debido a la necesidad de especialización, pero tampoco faltan ejemplos, y de hecho dos importantes teorías actuales tienen su base en un clérigo: la genética, en Gregor Mendel y la teoría del Big-Bang, en Lemaître (Un reciente artículo en Nature ha recordado que no sólo fue el primero en proponer esta hipótesis, sino en descubrir la expansión del universo –lo publicó dos años antes que Hubble). Y el más importante problema planteado hoy a la Ciencia es una hipótesis debida  un predicador luterano apartado de ejercer su profesión por “horror fori”: Bernard Riemann.

  Pero, como contrapeso en la balanza, se dice a veces que el cristianismo terminó con la ciencia antigua. Esto no es cierto pues nada terminó con la ciencia antigua, sino que pasó a ser ciencia del Islam. La actividad cienti-fica estaba concentrada desde el siglo I a. C. ya sólo en Alejandría, quedando desde entonces en Atenas tan sólo actividad comentarista -o sea enseñanza, no investigación- actividad nunca interrumpida en Bizancio hasta su conquista por los turcos (Antemio de Tralles, Eudocio, Isidoro de Mileto, Miguel Psellus, Constantino, Maximo Planudes) Alejandría fue tomada en 641 por un ejército musulmán (recordemos que en el siglo anterior había nacido allí la teoría del movimiento con Juan Filopón de Alejandría) La ciencia pasó entonces a la capital del califato, educados los conquistadores por los conquistados –como suele ocurrir-  en este caso por cristianos nestorianos: Yahyah, Ben Ishac (Hunein padre) y su hijo Hunein, comenzaron las traducciones de la cultura y ciencia antiguas, del griego al siríaco y árabe (Se dice que los árabes tomaron de los indios la numeración que ha hecho posible el cálculo. De hecho, fue en  670 el obispo sirio Sergio Sebokt quien primero introdujo esa notación, y más tarde Al Guarizmi) En cuanto a Occidente, no es cierto que la ciencia romana desapareciera por haber caído en manos de tribus bárbaras, pues en Roma jamás hubo ciencia. Tenían un concepto rudimentaria de las matemáticas, útil para la ingeniería, que siguió enseñándose en el cuatrivium medieval de geometría, aritmética, astronomía y música, tomado del compendio de Boecio en el siglo VI.

Se pone en el otro lado de la balanza los casos de oposición de la Iglesia a la Ciencia, pero sólo hay uno, el caso Galileo, pues en el mucho más lamentable caso de Bruno, no se trataba de un científico, y Servet no fue quemado en la hoguera (¡personalmente!) por Calvino debido a sus ideas científicas, sino por sus teorías sobre la Trinidad. Para encontrar un segundo caso hay que retrotraerse mil doscientos años al linchamiento de Hypathia en 416 por una turba de fanáticos cristianos, pero no es cierto que fuera alentada  por San Cirilo, como se ha dicho,  sino por el lector Pedro (y se lamenta el cronista, Socrates Alejandrino, de que el oprobio cayera sobre la Iglesia de Cirilo) Ni tampoco la destrucción de la biblioteca de Alejandría fue destruida por los cristianos, sino por los saqueos de la ciudad en varias guerras del siglo III. Los  libros salvados entonces fueron  llevados al templo de Serapis, y cuando el obispo Teófilo de Alejandría consiguió en 391 la orden del emperador cristiano Teodosio de  que se demolieran los templos paganos de la ciudad, “ se encontraron en algunos de ellos libros” – testimonio del cristiano Paulo Osoro – “y pasaron los nuestros para llevárselos”. Probablememte fueron a la recién nacida biblioteca de Constantinopla, que llegó a tener más de 200.000 volúmenes.

Y no debe reputarse como casos de oposición o ingerencia de la Iglesia en la Ciencia sus modernos pronunciamientos señalando límites éticos a la investigación, pues se mueve entonces en el terreno propio de la enseñanza moral, algo muy distinto de la enseñanza científica (Y límites morales, los hay, ciertamente.  Las experiencias con cobayas humanas, por ejemplo, como las que se llevaron a cabo en los campos de concentración nazis y japoneses, pueden ampliar la ciencia, ciertamente, pero son profundamente rechazables desde el punto de vista ético). La Iglesia está en su derecho de expresar su postura, y el ciudadano en su derecho de escucharla y de no votar a los proyectos políticos que sobrepasen esos límites. Con todo, nada hay de cierto en las leyendas sobre prohibiciones de la Iglesia de este tipo en el pasado: nunca ha prohibido la disección de cadáveres, algo que sí prohibió la antigüedad griega, por lo que  nos legó una anatomía de animales, no humana (Y cuando Vesalio hizo sus primeras disecciones no fue con oposición de la Iglesia, sino más bien al contrario) Esta leyenda se ha creado por la prohibición de seccionar los cadáveres de los cruzados para luego cocerlos y transportar sus huesos para sepultura en sus países de origen. La prohibición de práctica de la medicina en alguna ocasión no se dirigió nunca a los cristianos, sino a los monjes, por razones obvias. Ni el consejo de llamar al sacerdote para atender al enfermo no implicaba la exclusión que se llamase al médico, como a veces se ha dicho. Por último, O’Keefe ha buscado documentación para la falsa acusación de que Pio IX se opuso a la vacuna –precisamente un papa que se refirió a Jenner como gran benefactor de la humanidad- y  ha llegado a que es probable de que se basase en un chiste de época acerca de este Papa. La Medicina en cambio ha heredado de la beneficiencia cristiana la institución hospitalaria –inicialmente para peregrinos- , una institución que tanto ha contribuido a su progreso.

No ha habido pues oposición de la Iglesia a la Ciencia, no ha habido destrucción de la ciencia antigua por parte de los cristianos, sino más bien enseñanza de ella al mundo del Islam, conservación de la ciencia en su continuada enseñanza en Bizancio, y conservación latente en occidente –el cuatrivium de la enseñanza monacal y la ingente obra de monjes copistas que salvó la ciencia antigua. En el siglo XII, en Toledo, el occidente cristiano, que no había recibido ninguna ciencia en su herencia,  tomó contacto con la ciencia del Islam, y la desarrolló y enseñó hasta la eclosión cultural que causó la imprenta.  Se llega así al renacimiento clásico y a que la criatura gestada en esa matriz cristiana fue dada a luz por autores no sólo cristianos sino inspirados por su concepción cristiana de la creación.

 

 

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